Cristo: La Buena Tierra.


Lectura bíblica:

Deuteronomio 8:7-10 “Porque Jehovah tu Dios te conduce a una buena tierra: tierra de arroyos de aguas, de fuentes y manantiales, que brotan en los valles y en las montañas. Tierra de trigo, de cebada, de vides, de higueras y de granados, tierra de aceite, de olivas y de miel.  Tierra en la cual no comerás el pan con escasez, ni en ella te faltará nada. Tierra cuyas piedras son hierro, y de cuyos montes extraerás el cobre. Y siempre que comas y te sacies bendecirás a Jehovah tu Dios por la buena tierra que te habrá dado”.

Comentario:

Según las normas de interpretación bíblica todo tipo o figura del Antiguo Testamento debe tener su realidad en el Nuevo. Así nos lo hace saber Ernesto Trenchard al decir: “Hemos de buscar la confirmación de un tipo en las enseñanzas del Nuevo Testamento, bien que esta confirmación puede ser indirecta ya que no es posible hallar comentarios [directos] en los evangelios y epístolas sobre todo el abundante material del Antiguo Testamento” (Ernesto Trenchard, El libro de Éxodo, Editorial Portavoz, pág. 242, 1994).

La epístola a los Colosenses nos revela claramente que Cristo es la realidad o cumplimiento del tipo de la buena tierra presentada en el Antiguo Testamento, sobre todo en lo mostrado en Deuteronomio 8:7-10. Primero, se nos dice en Colosenses que Cristo es la porción de los santos. Así lo leemos en Colosenses 1:12 que nos dice: “Dando gracias al Padre que os hizo aptos para participar de la porción [gr. klêrou] de los santos en la luz”. La ‘porción’ aquí tiene como reflejo la herencia que las doce tribus de Israel recibieron de la buena tierra (Jos. 14:1). Luego, en Colosenses 2:6, Pablo nos invita a andar en Cristo como nuestro suelo: “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Cristo, a Jesús el Señor, andad [gr. peripateite] en El”. Y finalmente, en el versículo siguiente, en Colosenses 2:7, se nos dice: “arraigados [gr. errizômenoi]…en El”. La palabra griega errizômenoi denota la acción que una planta realiza para aferrarse con sus raíces al suelo a fin de obtener todos los nutrientes que ella necesita para su crecimiento (cf. Ef. 4:15).

Basados en esto, podemos decir con toda certeza, que la buena tierra, la tierra de Canaán, tipifica de manera plena, completa y consumada al Cristo todo-inclusivo, la corporificación del Dios Triuno (Col. 2:9), quien es hecho real para nosotros como el Espíritu todo-inclusivo y vivificante (1 Co. 15:45; 2 Co. 3:17), el cual es la herencia que Dios asignó a Su pueblo para que éste la disfrute (Col. 1:12; 2:6-7; Gá. 3:14). Las riquezas de la buena tierra en los versículos 7-9 de Deuteronomio tipifican las inescrutables riquezas de Cristo en Sus diferentes aspectos (Ef. 3:8) como la abundante suministración provista a Sus creyentes en Su Espíritu (Fil. 1:19). Los arroyos de aguas, los manantiales y las fuentes representan a Cristo como el Espíritu que fluye (Jn. 4:14; 7:37-39; Ap. 22:1), y los valles y montañas representan los diversos entornos en los cuales podemos experimentar a Cristo como el Espíritu que fluye (cf. 2 Co. 6:8-10). El trigo tipifica al Cristo encarnado, que fue crucificado y sepultado a fin de multiplicarse (Jn. 12:24), y la cebada, que es el primer grano en madurar (2 S. 21:9), alude al Cristo resucitado como las primicias (1 Co. 15:20). Las vides tipifican al Cristo que se sacrificó a Sí mismo para producir el vino que alegra a Dios y al hombre (Jue. 9:13; Mt. 9:17). Las higueras nos hablan de la dulzura y satisfacción que nos brinda Cristo como suministro de vida (Jue. 9:11); los granados representan la plenitud, la abundancia, la belleza y la expresión de las riquezas de Cristo como vida (Éx. 28:33-34; 1 R. 7:18-20; Cnt. 4:3, 13); el pan representa a Cristo como el pan de vida (Jn. 6:35, 48); el olivo tipifica a Cristo (Ro. 11:17) como Aquel que está lleno del Espíritu y unguido con el Espíritu (Lc. 4:1, 18; He. 1:9); el aceite de oliva tipifica al Espíritu Santo, por quien andamos para honrara Dios y a quien ministramos para honrar a los hombres (Gá. 5:16, 25; 2 Co. 3:6, 8; Jue. 9:9); y la leche y la miel (Dt. 6:3) proclaman la bondad y dulzura de Cristo (Éx. 3:8). Las piedras representan a Cristo como el material para la edificación de la morada de Dios (Is. 28:16; Zac. 4:7; 1 P. 2:4). El hierro y el cobre sirven para fabricar armas (Gn. 4:22; 1 S. 17:5-7) y tipifican la guerra espiritual que libramos al combatir contra el enemigo (2 Co. 10:4; Ef. 6:10-20). El hierro también representa la autoridad que Cristo tiene para gobernar (Mt. 28:18; Ap. 19:15), y el cobre representa el poder que Cristo tiene para juzgar (Ap. 1:15). Los montes de donde se extrae el cobre representan la resurrección y ascensión de Cristo (Ef. 4:8).

La meta de Dios en Su economía o plan no es sólo redimir a Su pueblo y salvarlos del mundo, tipificado por Egipto en el relato del Éxodo, sino introducirlos en Cristo, tipificado por la buena tierra, a fin de que ellos tomen posesión de Él y disfruten de Sus inescrutables riquezas. Al disfrutar de las riquezas de la buena tierra, los hijos de Israel pudieron edificar el templo para que fuese la morada de Dios en la tierra, así como edificar la ciudad de Jerusalén a fin de que se estableciese el reino de Dios en la tierra. De la misma forma, al disfrutar de las inescrutables riquezas de Cristo, los creyentes son juntamente edificados como el Cuerpo de Cristo, la iglesia, que es la plenitud de Cristo, Su expresión (Ef. 1:22-23) así como la morada de Dios (Ef. 2:21-22; 1 Ti. 3:15) y el reino de Dios (Mt. 16:18-19; Ro. 14:17). Al final, la consumación de la morada de Dios y el reino de Dios será la Nueva Jerusalén que, en la eternidad, cumplirá la economía eterna de Dios (Ap. 21:1-3, 22; 22:1, 3).  

En Cristo.
J. L. Flores.
Ministerio Disfrutando la Palabra.