Judas 1.



Lectura bíblica:

Judas 1:1 “Judas, esclavo de Jesucristo, y hermano de Jacobo, a los llamados, amados en Dios Padre, y guardados por Jesucristo:”.

Comentario:

La misma epístola le atribuye su paternidad literaria a Judas (gr. Ioudas). En el Nuevo Testamento encontramos seis personas con este nombre:

(1) Judas el galileo, que fomentó una rebelión contra el imperio romano en el año 6 d.C. (Hch. 5:37).

(2) Judas Iscariote, el que traiciono al Señor (Mt. 10:4; Mr. 3:19).

(3) Judas un judío, en cuya casa en Damasco se alojó Pablo (Hch. 9:11).

(4) Judas un profeta, apodado Barsabás, que junto con Silas fue elegido por los dirigentes cristianos de Jerusalén para acompañar a Pablo y a Bernabé a Antioquía, a comunicar la decisión de los apóstoles con respecto a la circuncisión (Hch. 15:22–23).

(5) Judas uno de los doce (Lc. 6:16), también llamado Lebeo y Tadeo (Mt. 10:3; Mr. 3:18), que le hizo una pregunta a Jesús en el aposento alto (Jn. 14:22).

(6) Y Judas el escritor de esta epístola, el hermano de Jacobo [o Santiago] hermano del Señor (Jud. 1:1; Stg. 1:1).

I. La alabanza.

El nombre Judas es el equivalente griego del nombre hebreo Yehudá (Judá), que significa “alabanza de Dios” o “alabanza a Dios”. El tema principal de esta maravillosa epístola es contender ardientemente por la fe (Jud. 3), debido a que la misma, se había comenzado a degradar (Jud. 4) por la infiltración de falsos maestros (2 P. 2:1; Jud. 4) que conducían a los santos hacia la apostasía (2 Ts. 2:3). En medio de todo esto, el remedio más eficaz, es la alabanza a Dios, la cual a su vez, nos conducirá a la alabanza de Dios.

La Biblia nos dice que nosotros fuimos predestinados según el beneplácito de Su voluntad para la alabanza de la gloria de Su gracia (Ef. 1:5-6, 12, 14), y fue así, que aunque como incrédulos estábamos ciegos (2 Co. 4:4), Él vino y nos sano de nuestra ceguera espiritual, lo cual hizo que glorificáramos a Dios, y que los que nos conocían dieran alabanza a Dios por el milagro de la regeneración dado a nosotros (Lc. 18:43). Nos volvimos como niños, y esto nos permitió que el Hijo de Dios pudiese ser revelado en nosotros (Mt. 11:25; Gá. 1:15-16), y alabamos a Dios, cumpliendo la palabra que dice: “De la boca de los pequeños y de los que maman perfeccionaste la alabanza” (Mt. 21:16).

Hoy por Su misericordia, estamos en el mesón, que es la iglesia (Lc. 10:34), y deberíamos seguir siendo niños en cuanto a la alabanza, porque ello nos garantiza la entrada en el reino de los cielos (Mt. 18:3)[1]. Un niño es una persona humilde en su interior (Mt. 18:4), es una persona que es pobre en espíritu (Mt. 5:3 cf. Mt. 19:14). Y Pablo nos dice que para Dios: “es judío el que lo es interiormente, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios” (Ro. 2:29). Cuando somos pobres en espíritu, “no andamos conforme a la carne, sino conforme al espíritu” (Ro. 8:4), estamos en la verdadera circuncisión y tenemos la alabanza de Dios en nosotros; y debido a que somos pobres en espíritu, el Señor está presto para llenarnos con Su Espíritu (Ef. 5:18-20). Un día, “hacia la medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos de alabanza a Dios; y los presos los oían”. Estos hermanos, al cantar himnos de alabanza a Dios, en medio de su prisión, fueron llenos del Espíritu en sus espíritus y la cárcel tembló (Hch. 16:24-25). Entre más somos llenos en nuestro espíritu por el Espíritu de Dios, mas llenos del fruto de justicia, que es por medio de Jesucristo, se producirá en nosotros para gloria y alabanza de Dios (Fil. 1:11) a fin de que ofrezcamos siempre a Dios, por medio de Él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan Su nombre (He. 13:15). No hay nada que nos pueda impedir alabar al Señor, inclusive la prueba de nuestra fe, la cual mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, será hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo (1 P. 1:7). Cuando el Señor sea manifestado, entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios (1 Co. 4:5). Porque no buscamos nuestra propia alabanza en este mundo (Mt. 4:8-10), sino la de Dios (Ro. 2:29), por ello nos mantenemos pobres en nuestro espíritu, como niños, buscando Su llenar en alabanza a fin de poder ser hermanos cuya alabanza en el evangelio se difunda por todas las iglesias (2 Co. 8:18), debido a que el Señor a través de Su llenar está siendo formado en nosotros (Gá. 4:19), llevándonos a que podamos recibir, en el tribunal de Cristo (1 Co. 3:8, 14; 2 Co. 5:10; Ro. 14:10), la alabanza de Dios (1 Co. 4:5).

La alabanza a Dios es poderosa; y por ello, Judas al final de esta epístola, eleva una alabanza a Aquel que es poderoso para guardar y presentar a los creyentes delante de Su gloria (véase Jud. 24-25). La alabanza a Dios que nos conduce a Su llenar y a Su alabanza, es el testimonio y el antídoto más eficaz en contra de los falsos maestros y la degradación de la fe. Los falsos maestros tenían tan cauterizada su conciencia (1 Ti. 4:2), que parecía que no tenían espíritu humano (Jud. 1:19). Sin la función de su espíritu, ellos no podían ser llenos en su espíritu por el Espíritu de Dios al cantar himnos de alabanza a Dios. Ellos no eran pobres en espíritu; sino que ellos estaban llenos de orgullo, hablando cosas infladas (Jud. 16 cf. 1 Ti. 6:4; 2 Ti. 3:4).

II. La esclavitud.

Judas se hace llamar esclavo de Jesucristo (gr. doulos Iêsou Christou). Un esclavo de Jesucristo es aquel cristiano cuyos pensamientos han sido llevados cautivos a la obediencia de Cristo (2 Co. 10:5), sus emociones expresan el entrañable amor de Jesucristo (Fil. 1:8; 2:1; 1 P. 3:8) y su voluntad es una con el Señor (1 Co. 6:17), de tal manera que el deleite de su corazón es hacer Su voluntad (Sal. 143:10; 40:8; Ef. 6:6; 2 Ti. 2:26; He. 10:36; 13:21; 1 P. 4:2; 1 Jn. 2:17 cf. He. 10:7; Mt. 10:24; Jn. 13:16; 15:20). Esto es servir al Señor con el alma[2], “servir como esclavo” (gr. douleuô) (cf. Mt. 6:24; Lc. 15:29; 16:13; Jn. 8:33; Hch. 7:7; 20:19; Ro. 6:6; 7:6, 25; 9:12; 12:11; 14:18; 16:18; Gá. 4:8, 9, 25; 5:13; Ef. 6:7; Fil. 2:22; Col. 3:24; 1 Ts. 1:9; 1 Ti. 6:2; Tit. 3:3, donde aparece la misma palabra griega). Servir como esclavo a Jesucristo, Aquel que murió (Jesús, Mt. 1:21; Jn. 1:29) y resucito (Cristo, Hch. 2:31, 36).

Esta esclavitud es contraria a la enseñanza de los falsos maestros, los cuales convertían en libertinaje la gracia de nuestro Dios (Jud. 4), contaminan la carne (Jud. 8), eran anímicos (Jud. 19), es decir vivían por su alma, siendo como animales irracionales en su mente (Jud. 10), andando en sus emociones según sus propias concupiscencias (Jud. 16) y en su voluntad obraban impíamente (Jud. 15), y menosprecian el señorío (Jud. 8), negando al único Amo y Señor: Jesucristo (Jud. 4).

III. La filiación divina.

El escritor continua, y nos dice: “y hermano de Jacobo” (gr. de adelphos Iakôbou). Este Jacobo es el que comúnmente se conoce como Santiago. Hay que decir, que el nombre Santiago no existe en la Biblia. El vocablo constituye una antigua deformación del nombre Jacobo (gr. Iakôbou y heb. Yaaqob), originada por la tradición católico-romana al agregar a éste y a otros nombres de la Biblia el apócope “san”, de allí el fonetismo latín-hebreo Sanctus Yaaqob, y su deformación final: Santiago. Judas, el escritor de esta epístola, admite ser hermano de Jacobo. En el Nuevo Testamento, únicamente se registran tres personas con este nombre:

(1) Jacobo el apóstol, hijo de Zebedeo y hermano de Juan el apóstol (Mt. 4:21; 10:2; 17:1; Mr. 1:19, 29; 3:17; 5:37; 9:2; 10:35, 41; 13:3; 14:33; Lc. 5:10; 6:14; 8:51; 9:28, 54).

(2) Jacobo hijo de Alfeo (Mt. 10:3; Mr. 3:18; 6:15; Hch. 1:13) y de una de las Marías (Mt. 27:56; Mr. 16:1; Lc. 24:10), llamado Jacobo el menor (Mr. 15:40), otro de los doce apóstoles y hermano de Judas Tadeo (Lc. 6:16; Hch. 1:13)[3].

(3) Jacobo el hermano del Señor y hermano de Judas (Mt. 13:55; Mr. 6:3).

De estos tres Jacobos. El primero, fue muerto “a espada” por Herodes Agripa I, alrededor del año 44 d.C. (Hch. 12.2), el segundo, Jacobo el menor, predico en Palestina y Egipto, y murió crucificado en Egipto alrededor del año 60 d.C. Y Finalmente, el tercero, Josefo nos cuenta que murió en manos del Sumo Sacerdote Anás hijo Anás o Ananus (Ananías), el cual no es el Ananías hijo Nebedeo que enjuició al Apóstol Pablo (Hch. 23:2; 24:1), Josefo dice:

“Ananías era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio. El procurador Festo había fallecido y el sucesor, Albino, todavía no había tomado posesión. Hizo que el Sanedrín juzgase a Santiago, hermano de Jesús, quien era llamado Cristo, y a algunos otros. Les acusó de haber transgredido la Ley y les entregó para que fueran apedreados” (Antigüedades de los judíos, 20.9.1).

Eusebio por su parte, nos dice:

“Sin embargo, Santiago encontró la muerte a manos de los sacerdotes que lo arrojaron desde el techo del templo. Sobrevivió la caída, pero ellos comenzaron a apedrearlo hasta que un lavandero lo golpeó con un garrote hasta matarlo” (Historia Eclesiástica, 2.23.18).

La muerte de Porcio Festo, procurador de la provincia de Judea, se fecha en el año 62 d.C., y su sucesor Lucio Albino (Lucceius Albinus), tomo posesión de la provincia en el año 62 al 64 d.C. y como gobernador de Mauritania en el año 64 al 69 d.C.

Los hermanos del Señor no creían en Él durante estuvo en la tierra (Jn. 7:5); pero después de la resurrección (1 Co. 15:7), se convirtieron en Sus seguidores (Hch. 1:14). Jacobo llego a ser apóstol (Gá. 1:19), y probablemente también Judas[4], el escritor de esta epístola; sin embargo, fue Jacobo quien se convirtió en uno de los líderes más prominentes, en cuanto a la obra, en lo que respecta a la evangelización entre los judíos llego a ser muy notable (Gá. 2:12; Stg. 1:1; Jud. 1:1) como Pablo lo fue en cuanto a la evangelización entre los gentiles (Gá. 2:7). Mientras, que en cuanto a la vida de iglesia, llego a ser el anciano principal de la iglesia en Jerusalén (Hch. 12:17; 15:2, 13; 21:18). Era considerado, junto con Pedro y Juan, una columna de la iglesia, y Pablo lo menciona como el primero entre las tres columnas (Gá. 2:9). Por esta razón, Judas lo menciona, apelando al respeto que las iglesias tenían por Jacobo, y a la comunión apostólica y de la enseñanza que había entre ellos.

Tanto Judas como Jacobo conocían al Señor según la carne (2 Co. 5:16); pero en la resurrección, ellos lo llegaron a conocer según la revelación del Espíritu (1 Co. 2:10; Mt. 16:16-17), ellos se dieron cuenta que en resurrección Dios le había hecho: “Señor y Cristo” (Hch. 2:36); y esto, les llevo a proclamar: “nosotros hemos creído y conocemos que Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Jn. 6:69); y al creer de esta forma, le recibieron en su interior como el Espíritu filial (Jn. 1:12).

Quizás muchas veces nuestros familiares se hayan burlado de nosotros, al oírnos decir que somos hijos de Dios (Ro. 8:16-17); esto es, debido a que ellos nos conocen según la carne, porque viven en ella y se conducen por ella; pero un día, Dios en Su misericordia, les mostrara al Señor resucitado que mora en nosotros (Col. 1:27) y su incredulidad será disipada (Jn. 20:26-27).

Ahora bien, quizás Judas no quiso nombrarse como hermano del Señor; sino simplemente como “esclavo de Jesucristo”, debido al repudio que él había mantenido con el Señor, cuando Él estaba aun en la tierra (cf. Jn. 7:3-5). Así que Judas, se sentía simplemente esclavo de Aquel que era Dios perfecto y hombre perfecto. Aunque estuvieron en el mismo vientre, para Judas sus diferencias eran notables, su hermano que ahora era su Amo, poseía la Deidad; mientras que él, únicamente la filiación que es por la fe (Jn. 1:12-13), la cual le había hecho, tanto a él como a Jacobo, verdaderos hermanos del Señor (Ro. 8:29; Mt. 12:49-50).

Quizás para muchos, la palabra “filiación” les parezca cosa rara; ya que la mayoría de las versiones de la Biblia traducen huiothesian como “adopción”; pero dicha palabra griega no tiene tal significado, y está muy distante de la revelación divina. Según el diccionario, la “filiación” es un derecho jurídico que existe entre dos personas donde una es descendiente de la otra por un hecho natural. La adopción no supone el recibir la vida y la naturaleza de los padres adoptivos; pero la Biblia enseña, que en la regeneración nosotros Sus muchos hijos (He. 2:10; Jn. 1:12-13) recibimos Su vida (1 Jn. 5:11-12) y llegamos a ser participantes de Su naturaleza (2 P. 1:4). Por tal hecho, no es apropiado usar “adopción”; sino más bien “filiación”. Y en cuanto a esto, Romanos 8:15 nos dice: “sino que habéis recibido Espíritu filial, con el cual clamamos: ¡Abba, Padre!”.

Somos hijos de Dios (1 Jn. 3:1) y hermanos de Cristo (Ro. 8:29) porque hemos recibido el Espíritu filial que da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios (Ro. 8:16). Esto es importantísimo, pues los falsos maestros, no tenían espíritu (Jud. 19), no eran personas regeneradas, pues no poseían el Espíritu filial (Ro. 8:9) en su espíritu, él cual ellos no poseían. Ellos andaban según sus propias concupiscencias (Jud. 16) y eran “pecadores impíos” (Jud. 15), esto denota claramente, que no tenían el Espíritu filial; pues Juan nos dice referente a esto: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Jn. 3:9). ¡Aleluya! Porque la alabanza, el vivir de esclavo y la filiación nos salvaguardad de la degradación y de la apostasía de la fe.

IV. La enseñanza herética de la perpetua virginidad de María.

Ahora bien, Judas, el escritor de esta epístola, era hermano de Jacobo, el hermano del Señor; y por ende, hermano él también del Señor. El Catolicismo Romano se resiste vehementemente a admitir esta verdad bíblica; porque la aceptación de la misma, pondría en duda su doctrina anti-bíblica de la perpetua virginidad de María.

Es claro, según el Nuevo Testamento, que Jesús tuvo hermanos (Mt. 13:55; Mr. 6:3; Jn. 2:12; 7:5; 1 Co. 9:5; Gá. 1:19) y hermanas (Mt. 13:56; Mr. 6:3).

Sin embargo, la teología Católica Romana se resiste a esto, enseñado lo siguiente, según el Catecismo de la iglesia Católica, Sec. 2, Art. 3, pár. 2, II, #500:

“A esto se objeta a veces que la Escritura menciona unos hermanos y hermanas de Jesús (Cf. Mr. 3:31-55; 6:3; 1 Co. 9:5; Gá. 1:19). La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a otros hijos de la Virgen María; en efecto, Santiago y José ‘hermanos de Jesús’ (Mt. 13:55) son los hijos de una María discípula de Cristo (Cf. Mt. 27:56) que se designa de manera significativa como ‘la otra María’ (Mt. 28:1). Se trata de parientes próximos de Jesús, según una expresión conocida del Antiguo Testamento (Cf. Gn 13:8; 14:16; 29:15; etc.)”.

De esta misma forma piensan algunos escritores evangélicos, como por ejemplo el famoso obispo anglicano Ryle, quien consideraba que el término “hermano” es equivalente a “primo”, pues es muy común en la Biblia llamar “hermanos” a los primos, tíos y sobrinos. Esto, ciertamente lo es, dentro del hebreo del Antiguo Testamento, el cual no distingue entre hermanos, primos, tíos y sobrinos; pero en el griego, que fue el idioma en que se escribió el Nuevo Testamento, el cual es más expresivo que el hebreo; si existe una clara distinción entre adelphós que son hermanos de padre y madre (o hermanos en la fe), anepsiós que es ‘primo’ y sungenís que es ‘pariente’ (cf. Lc. 1:36; Col 4:10). Basados en esto, queda completamente claro que según el contexto, de por ejemplo Jn. 7:3-5, los hermanos ahí mencionados son hermanos de padre y madre, no sus hermanos en la fe, como algunos pudieran admitir. Puesto que los que eran hermanos en la fe de Él, lo eran por haber creído en El como el Mesías prometido, de lo contrario nunca hubiesen sido sus hermanos en la fe; pero estos no creían en Él (Jn. 7:5).

Toda esta falsa enseñanza surgió del Concilio de Letrán, celebrado en el año 649 d.C., en el cual se efectuó la ‘solemne’ definición dogmática de la perpetua virginidad de María. Declarando:

“Si alguno, de acuerdo con los Santos Padres, no confiesa que María Inmaculada es real y verdaderamente Madre de Dios y siempre Virgen, en cuanto concibió al que es Dios único y verdadero - el Verbo engendrado por Dios Padre desde toda la eternidad - en estos últimos tiempos, sin semilla humana y nacido sin corrupción de su virginidad, que permaneció intacta después de su nacimiento[5], sea anatema”.

Que terrible son las enseñanzas y los mandamientos de hombres (Mt. 15:9; Mr. 7:7; Col. 2:22), las cuales degradan la fe que ha sido trasmitida a los santos una vez y para siempre (Jud. 3) por medio de las enseñanzas de los apóstoles (Hch. 2:42; Tit. 1:9) de nuestro Señor Jesucristo (Jud. 17; 2 P. 3:2), enseñanzas que están contenidas única y exclusivamente en Su palabra (Tit. 1:9; 2 P. 3:15-16). Todas estas enseñanzas de hombres, no son más que el resultado de no desear, como niños recién nacidos, la leche de la palabra dada sin engaño, para que por ella crezcamos para salvación (1 P. 2:2), es el resultado de no estar atentos a la palabra profética más segura, la cual como una lámpara alumbra en lugar oscuro, hasta que el día amanezca y la estrella de la mañana nazca en nuestros corazones (2 P. 1:19). Todo lo que no parta de la Escritura, es puramente invento de hombres soñadores (Jud. 8) que tuercen la misma (2 P. 3:16) para sus propias concupiscencias (Jud. 16).

V. El llamamiento del Espíritu (cf. Jn. 16:7-8; Lc. 15:8-10).

Judas nos dice que esta epístola, que él escribe, es dirigida a los llamados (gr. tois klêtois). El creyente ha sido llamado de las tinieblas a Su luz admirable (1 P. 2:9) por medio del Espíritu Santo quien es el llamamiento celestial (He. 3:1 cf. He. 6:4; Hch. 2:38) y el llamamiento santo (2 Ti. 1:9; 1 P. 1:15). Este llamamiento es irrevocable (Ro. 11:29), pues el Espíritu no puede ser retirado de nuestro interior (1 Co. 3:15-16; Ro. 8:16; Stg. 4:5; 2 Ti. 2:13). Fuimos predestinados antes de la fundación del mundo, y fuimos llamados (Ro. 8:30) por el Espíritu en el tiempo de Dios (Jn. 16:21). Fuimos llamados por medio del evangelio (2 Ts. 2:14), por la gracia de Cristo (Gá. 1:6, 15; 2 Ti. 1:9) y por Su gloria (2 P. 1:3), para Su reino (1 Ts. 2:12) y gloria (1 P. 5:10; 2 Ts. 2:14). El reino tiene que ver con el milenio (Ap. 20:6) y la gloria con la Nueva Jerusalén (Ap. 21:10-11). Todos los creyentes han sido llamados a esto, pero pocos serán escogidos (Mt. 22:14), solo los que venzan esta degradación (Ap. 3:21) y sean fieles a la palabra (Ap. 17:14; 2:10; Tit. 1:9; 1 Co. 4:1-2; Lc. 19:17; Mt. 24:45; 25:21, 23) heredaran Su reino (1 Co. 6:9) y Su gloria (Ef. 1:18).

Esta es la esperanza a la cual Él nos ha llamado (Ef. 1:18; 4:4), es la esperanza viva (1 P. 1:3), la esperanza del evangelio (Col. 1:23), la esperanza de gloria (Col. 1:27; Tit. 2:13) y la buena esperanza en la gracia (2 Ts. 2:16; 1 P. 1:13). En fin, es la esperanza de la vida eterna (Tit. 1:2; 3:7), la cual nos es suministrada por el poder del Espíritu Santo (Ro. 15:13 cf. Ro. 5:5).

Hemos sido llamados de en medio del mundo (1 Co. 1:24), de Jesucristo (Ro. 1:6), conforme a Su propósito (Ro. 8:29), a libertad (Gá. 5:13; Jn. 8:34), a la comunión con Su Hijo Jesucristo nuestro Señor (1 Co. 1:9) para ser santos (Ro. 1:7; 1 Co. 1:2; 1 P. 1:15), para andar como es digno de nuestra vocación (Ef. 4:1, 4), para estar en paz (Col. 3:15; 1 Co. 7:15), para sufrir y padecer (1 P. 2:20-21), para recibir la promesa de la herencia eterna (He. 9:15) y para heredar bendición (1 P. 3:9). Es a estos creyentes a los cuales Judas dirige su epístola; y es este llamamiento, el que nos debería hacer guardar el depósito, apartándonos de las profanas y vanas palabrerías, y de los argumentos de los falsos maestros (1 Ti. 6:10 cf. 2 Ti. 1:14).

VI. El disfrute del amor del Padre.

Estos creyentes no solo han sido llamados por el Espíritu; sino que también son amados[6] en Dios Padre (gr. êgapemenois en Theô patri). Somos “amados de Dios” (Ro. 1:7) y “amados por Dios” (1 Ts. 1:4) porque el Hijo de Su amor (Col. 1:13), el Amado (Mt. 3:17; 17:5; Mr. 1:11; 9:7; 12:6; Lc. 3:22; 20:13; 2 P. 1:17) que mora en nosotros (2 Ti. 4:22 cf. Jn. 17:26; 16:27). Juan nos dice en su primera epístola: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó a nosotros, y envió a Su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4:10) y “En esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios, en que Dios envió a Su Hijo unigénito al mundo, para que tengamos vida y vivamos por El” (1 Jn. 4:19).

Según estos versículos, el amor de Dios para con nosotros tiene dos aspectos: (1) uno exterior, que tiene que ver con la propiciación por nuestros pecados mediante Su sangre (Ro. 3:25) y (2) uno interior, que tiene que ver con la vida que recibimos al creer (1 Jn. 5:12 cf. Jn. 1:12-13; Jn. 14:6) y con el vivir por Cristo (Fil. 1:21; Gá. 2:20) como vida (Ro. 5:10). Es en este último aspecto, que el Señor dijo:

“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (Jn. 14:21).

Guardar los mandamientos del Señor, es guardar Su palabra (Jn. 14:23); esto no puede ser hecho por nuestra propia capacidad sino únicamente por el Espíritu que mora dentro de nosotros (2 Ti. 1:14), es decir, es algo interior. El amor exterior de Dios nos lleva a guardar Sus mandamientos por el Espíritu y este guardar redunda en experimentar el amor interior del Padre. Esto es contrario a los falsos maestros, que no guardaban los mandamientos del Señor.

“El Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios” (Jn. 16:27).

El amor interior del Padre, también es el resultado de haber creído en el Hijo. Según Juan 1:12, cuando creímos en Él le recibimos, y recibir al Hijo es recibir al Padre, porque ambos son uno (Jn. 10:30). El amor externo del Padre nos llevo a amar al Hijo y a recibirlo por medio del creer, lo cual redundo en experimentar el amor interior del Padre. Los falsos maestros no creían en el Hijo, y por ello no tenían el amor del Padre.

“Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Jn. 17:23).

El amor interior del Padre también es el resultado de la morada del Hijo en nosotros y de nuestra permanencia en Él (Jn. 15:9-10). Cuando creímos en el Hijo, quien es la Palabra [gr. logos = Verbo] de Dios (Ap. 19:13), le recibimos, y Él vino a morar en nuestro interior. Por ello, Él dijo en Juan 5:38: “Ni tenéis Su palabra [gr. logon] morando en vosotros; porque a quien él envió, vosotros no creéis”. Cuando el Hijo mora en nosotros, Él no viene solo, porque Él dijo: “el Padre está en Mí, y Yo en el Padre” (Jn. 10:38). El Padre está en el Hijo y el Hijo está en nosotros, y esta es nuestra unidad, y esta es nuestra unidad, porque Él y el Padre son uno (Jn. 10:30). Nuestra unidad, guardada por permanecer en el Hijo (Jn. 15:9-10) que mora en nosotros y del Padre que esta en el Hijo, muestra al mundo que el Padre nos ama y Su amor están en nosotros.

Somos amados en Dios Padre, debido a que hemos creído en la persona y en la obra del Hijo, y debido a que guardamos los mandamientos del Hijo por el Espíritu, y esto demuestra que amamos al Hijo, y el Padre nos ama, porque el Hijo de Su amor está morando en nosotros. Por ello el Señor dijo: “El que me ama, Mi palabra guardará; y Mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn. 14:23). Este amor del Padre, era lo que los falsos maestros no tenían, ellos no creían en la persona del Hijo ni en Su obra de gracia (Jud. 4), ni mucho menos guardaban Sus mandamientos (Jud. 11).

VII. El resguardo de Jesucristo.

Judas nos dice, también de sus destinatarios: “y guardados por Jesucristo” (gr. kai tetêrêmenois[7] Iêsou Christô). La frase completa puede ser traducida como: “guardados por Jesucristo”, “guardados en Jesucristo” o como “guardados para Jesucristo”. La palabra ‘por’ denota la fuerza y el medio para guardar; mientras que la palabra “en” denota el ámbito, la esfera en la cual somos guardados; y la palabra ‘para’ denota el propósito y el objetivo de guardar. El Padre le dio todos los creyentes al Señor (Jn. 17:6), y ellos son guardados para El, en Él y por El (cf. Col. 1:16). Por tal razón, Judas 24 nos dice: “Y a Aquel que es poderoso para guardaros de tropiezos, y presentaros sin mancha delante de Su gloria con gran alegría”.

Somos “guardados por el poder de Dios mediante la fe, para la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 P. 1:5). Esta salvación, no es la salvación de nuestro espíritu (Ro. 8:16 cf. 2 Ti. 1:9; Tit. 3:5), la salvación de la condenación eterna (Jn. 3:19; Ro. 5:18); sino que es la salvación de nuestra alma (1 P. 1:9), la salvación por la cual debemos ocuparnos con temor y temblor (Fil. 2:12) y que es llevada a cabo por la vida del Señor (Ro. 5:10), esta salvación, hallará su consumación final en la glorificación de nuestro cuerpo (2 Co. 5:4).

El Señor dijo: “Cuando estaba con ellos, Yo los guardaba en Tu nombre, el cual me has dado, y Yo los guardé; ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese” (Jn. 17:12). “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del maligno” (Jn. 17:15).

Finalmente, encontramos 1 Ts. 5:23, que maravillosamente nos dice: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y vuestro espíritu y vuestra alma y vuestro cuerpo sean guardados perfectos e irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo”.

Como podemos ver, el objeto del guardar del Señor es para “presentaros sin mancha delante de Su gloria” (Jud. 24), “para la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 P. 1:5), para ser guardados del maligno (Jn. 17:15 cf. 1 Jn. 5:18), para que todo nuestro ser sea perfecto e irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Ts. 5:23). El deseo de Dios es que nuestro espíritu sea guardado de toda contaminación (2 Co. 7:1), que nuestra alma sea salva por medio de la transformación (1 P. 1:9; Ro. 12:2; Tit. 3:5; 2 Co. 3:18) y la santificación (Ro. 15:16) del Espíritu, y que nuestro cuerpo sean guardados del pecado y de la iniquidad (Ro. 6:13; 12:1). Esto, solo puede ser logrado “por el poder de Dios mediante la fe” (1 P. 1:5).

Ese poder, es el Espíritu; pues la Palabra así nos lo demuestra:

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso también lo santo que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lc. 1:35).

“Pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre, como bien sabéis qué clase de personas fuimos entre vosotros por amor de vosotros” (1 Ts. 1:5).

“y cuál la supereminente grandeza de Su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de Su fuerza, que hizo operar en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a Su diestra en los lugares celestiales” (Ef. 1:19-20).

“Que fue designado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, Jesucristo nuestro Señor” (Ro. 1:4).

“A fin de conocerle, y el poder de Su resurrección…” (Fil. 3:10).

“Porque no nos ha dado Dios Espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de cordura” (2 Ti. 1:7).

Y en 2 Co. 3:17 se nos aclara que: “el Señor [Jesucristo] es el Espíritu”.

¿Cómo hemos de entender esta igualdad de Cristo con el Espíritu? (1) Lo debemos de entender desde la esencia de la Trinidad, desde la cual el Espíritu y Cristo son uno; diferentes, pero no separados y (2) desde la experiencia del creyente, en la cual el Espíritu y Cristo son el mismo. William Barclay nos aclara esto al decirnos:

“En este pasaje [2 Co. 3:17] Pablo ha creado para muchos un problema teológico. Él dice: ‘El Señor es el Espíritu’. Él parece identificar al Señor Resucitado y al Espíritu Santo. Debemos recordar que Pablo no estaba escribiendo teología, sino que hablaba de su experiencia. Y es en la experiencia de la vida cristiana que la obra del Espíritu y la obra del Señor Resucitado son una misma cosa. La fuerza, la luz, la orientación que recibimos provienen tanto del Espíritu y como del Resucitado. No importa la forma en que lo expresemos, siempre y cuando lo experimentamos” (William Barclay, Cartas a los Corintios, Philadelphia, PA: Comunicado de Westminster, 1954, 1956, pág. 216).

En conclusión, cuando Cristo estaba en la tierra, Él guardaba a Sus discípulos en el nombre del Padre, el nombre en la Biblia denota la persona; luego, en Su resurrección, Él nos guarda como el Espíritu, como el poder de Dios; y por ello, Judas nos dice: “guardados por, en y para Jesucristo”. Por Aquel, en Aquel y para Aquel que murió (Jesús, Mt. 1:21; Jn. 1:29) y resucito (Cristo, Hch. 2:31, 36). Debemos de tener fe que el Señor Jesucristo nos guardará en medio de la presente degradación y apostasía de la fe. Amén.




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[1] Según Mt. 18:1, estas palabras del Señor fueron referidas a “los discípulos”, es decir, a creyentes; por tanto, la entrada en el reino aquí es diferente de la entrada mencionada en Jn. 3:5. En esta última, se hace referencia a la entrada de los incrédulos, como lo era Nicodemo, por medio de la regeneración al reino de Dios, que es la iglesia (Ro. 14:17; Mt. 16:18-19); mientras que la entrada de Mt. 18:3 hace referencia a la entrada en la manifestación del reino, en la era milenial (Ap. 3:21; 20:4). La primera entrada requiere solamente de fe (Jn. 1:12-13), la segunda requiere perseverancia (Fil. 2:12) para vencer (Ap. 3:21). Léase 2 P. 1:11.

[2] El alma es el asiento de los pensamientos (Pr. 2:10; 19:2; 24:1; Sal. 139:14; 13:2; Lm. 3:20), las emociones (1 S. 18:1; Cnt. 1:7; Sal. 42:1; 2 S. 5:8; Sal. 107:18; Ez. 36:5; Is. 61:10; Sal. 86:4; 1 S. 30:6; Jue. 10:16; 1 S. 20:4; Dt. 14:26; Ez. 24:25; Jer. 44:14) y la voluntad (Job. 7:15; 6:7; 1 Cr. 22:19; Nm. 30; Sal. 27:12, 41:2; Ez. 16:27) del hombre.

[3] Algunos comentaristas bíblicos como el reconocido J. B. Lightfoot traducen la frase griega kai Ioudan Iakôbou [que literalmente significa: “y Judas de Jacobo”] que aparece en Lc. 6:16 y Hch. 1:13 como: “Judas hijo de Jacobo”. Al igual que lo hacen las versión de la Biblia: la Biblia al Día, La Biblia de las Américas, la Dios Habla Hoy, la Reina Valera Actualizada, la Kadosh Israelita, Peshitta, la Nueva Versión Internacional, etc. Estableciendo así, la existencia de un cuarto Jacobo. Sin embargo, es más probable que la traducción sea: “Judas hermano de Jacobo” como traducen las versiones de la Biblia: Reina-Valera 1909, 1960, 1977, 1995, la Reina-Valera Contemporánea, la Nueva Reina-Valera 2000, La Versión Moderna y la Biblia Textual. Algunos otros, sobre todo por el lado del Catolicismo-Romano, sugieren que Mr. 3:17 habla de otro Jacobo, al cual denominan Jacobo el Justo, diferente de Jacobo hijo del Alfeo y de Jacobo el hijo de Zebedeo.

[4] Donald A. Carson y Douglas J. Moo consideran que la mención que Judas hace de “los apóstoles” (v. 17), descarta la posibilidad de que él hubiese sido uno de ellos; sin embargo, Pablo también hacía alusión a “los apóstoles” en algunas de sus epístolas (por ej. Ef. 2:20; 3:5), y ello no le eximia de ser uno de ellos. Para nosotros, en lo personal, consideramos a Judas no como un apóstol de nombre, pues él sabía que muchos de los falsos maestros se nombraban a sí mismos apóstoles (2 Co. 11:5; 12:11); sino como un apóstol en función, y su exhortación (Jud. 3) y el cuidado de los santos (Jud. 20-23) así lo demuestran, además de la aparente consideración que se hace de esto en 1 Co. 9:5, el cual le da relevancia a los hermanos del Señor. Esto es una gran lección, pues apóstoles no son los que se nombran; sino los que viven bajo el apostolado (envió del Señor).

[5] Mateo 1:25 nos dice: “Y [José] no la conoció [a María] hasta que dio a luz un hijo; y le puso por nombre Jesús”. Esa palabra “hasta”, que en griego es heôs, denota que José tuvo relaciones sexuales con María, luego que Jesús nació.

[6] Algunos manuscritos tiene aquí êgiasmenois (santificados) en lugar de êgapemenois (amados). La diferencia es mínima en el griego, êgiasmenois conlleva ίασ; mientras que  êgapemenois conlleva απη; pero ambas palabras inician con ηγ y concluyen con μενοις. Es claro que ante tales circunstancias, la variante es un error del copista. Sin embargo, êgapemenois es la variante más respaldada por los manuscritos más respetables. Además, la revelación neotestamentaria nos enseña que es Dios el Hijo (1 Co. 1:2; He. 2:11) y Dios el Espíritu (Ro. 15:16; 1 Co. 6:11) quienes nos santifican, y no Dios el Padre.

[7] La palabra griega tetêrêmenois aparece como participio de pretérito en 1 P. 1:4, y denota un guardar celoso, “indica una conservación positiva, no una mera custodia que impide la sustracción o el daño” (Francisco Lacueva, Comentario Bíblico Matthew Henry: trece tomos en uno, Editorial CLIE, pág. 1843, 1999). Esto quiere decir, que Jesucristo nos guarda celosamente; y este guardar, nos garantiza, que nadie nos arrebatará de Su mano (Jn. 10:28). Nos guarda en Él, quien es la realidad de la ciudad de refugio (Nm. 35:25-32; 1 Co. 6:17) y nos guarda para Él, “a fin de presentársela a Sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin defecto” (Ef. 5:27).