Mateo 11:29


Lectura bíblica:

Mateo 11:29 “Tomad sobre vosotros Mi yugo, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”.

Jeremías 6:16 “Así dice Jehovah: Paraos en medio de los caminos, y mirad; y preguntad por las sendas antiguas, y preguntad dónde está el buen camino, y andad en él, Y hallaréis descanso para vuestras almas. Pero ellos dijeron: ¡No andaremos en él!”.

Comentario:

I. Introducción.

Después de que Jesús fortaleció la debilidad de Su precursor, Juan el Bautista (Mt. 11:1-6), el cual en ese momento se encontraba en encarcelado; y elogio su ministerio (Mt. 11:7-15), Él comenzó a reconvenir y lamentarse de aquella generación contumaz e impenitente que lo había despreciado a Él y a Su enviado (Mt. 11:16-24). Luego, casi al final del capítulo 11, Él eleva una alabanza a Dios el Padre por Su soberana voluntad al revelar a los niños las cosas referentes al Hijo y al Padre (Mt. 11:25-27). Finalmente, el capítulo 11 concluye con un llamado del Señor Jesús a los trabajados y cargados religiosos que estaban cansados y cargados de esforzarse en querer guardar la ley y los preceptos religiosos, así como también a aquellos que estaban casados de vivir en esta vida tratando de esforzarse por tal de subsistir (cf. Ecl. 1:14; 2:11, 17, 26; 4:4, 16; 6:9; Jer. 16:19), sin encontrar éxito alguno en tal labor cotidiana (Mt. 11:28-30).

II. El yugo del Señor.

Es en las palabras registradas en esta última sección del capítulo 11 del evangelio de Mateo, específicamente en Mateo 11:29, que deseo centrar y desarrollar este mensaje. El versículo inicia diciéndonos: “Tomad sobre vosotros Mi yugo”. El yugo del Señor era aceptar la voluntad de Dios el Padre. Por tal razón, tomar el yugo del Señor es aceptar la voluntad del Padre también. No consiste en ser regulado ni controlado por alguna obligación de la ley o de la religión, ni tampoco en ser esclavizado por alguna obra, sino en ser constreñido por la voluntad del Padre. El Señor vivió tal vida, sin ocuparse de otra cosa que no fuese la voluntad de Su Padre. Así, por ejemplo, lo leemos en Juan 4:34: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe Su obra”. En Juan 5:30 Él dijo: “No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre”. Y finalmente, en Juan 6:38 Él dijo: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. En esto, podemos ver que el Señor vivió para hacer la voluntad del Padre y se sometió plenamente a la voluntad del Padre, como se nos hace ver en Mateo 26:39, que dice: “Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú”. Y aun el versículo 42 añade: “Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad”. Por tal razón, Él nos pide que aprendamos de Él. Pedro dijo en Su epístola: “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (1 P. 2:21). El Señor es el modelo del cual debemos aprender (Léase Jn. 13:15; Ef. 4:20; 1 Ts. 4:9). Pablo dijo en Filipenses: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil. 2:5). El sentir de Cristo fue el despojarse a Sí mismo a fin de cumplir y someterse a la voluntad del Padre, ese fue el yugo de Cristo, y es el yugo el cual somos invitados a llevar, Él dirá al final del capítulo 11: “Porque Mi yugo es fácil, y ligera Mi carga” (Mt. 11:30). Hacer la voluntad del Padre no es gravoso (1 Jn. 5:3), por lo cual debemos orar al Señor como el salmista lo hacía: “Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; Tu buen Espíritu me conduzca por tierra llana” (Sal. 143:10).

III. Aprender de Cristo quien es manso y humilde de corazón.

El versículo continua diciéndonos: “aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. En el apartado anterior, ya enfatizamos el hecho de que la Biblia nos llama a aprender de Cristo; sin embargo, ¿que significa aprender (gr. mathete)? Algunos maestros cristianos consideran que “aprender” es sinónimo de “imitar”, es decir, de imitar externamente la mansedumbre y la humildad del Señor. Es cierto que Pablo dijo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11.1). Sin embargo, tal imitación no debe ser externa; sino interior, por ello el Señor subrayo que Su mansedumbre y humildad era en el corazón, en lo interior. En griego existen dos verbos que se traducen en castellano como “aprender”, en primer lugar, tenemos a mathete el cual enfatiza aprender algo en lo interior; mientras que manthanousi, una palabra compuesta por nous, mente, enfatiza el aprender algo de forma externa y cognoscitiva. Por su parte, mimêtai en 1 Co. 11:1  ciertamente que hace referencia a una imitación externa, pero, que según el contexto del versículo, se refiere a la práctica de cubrirse la cabeza. El sentido de Pablo en 1 Co. 11:1 es a imitar las buenas prácticas de él de forma exterior, partiendo de la revelación interior que cada creyente ha tenido de tales prácticas.

Volviendo al versículo, hay que mencionar, que ser manso, o dócil, significa no ofrecer resistencia, y ser humilde significa no tener amor propio. Durante toda la oposición, el Señor fue manso (Mt. 21:5; 2 Co. 10:1), y durante todo el rechazó, El fue humilde de corazón (Fil. 2:8). Se sometió completamente a la voluntad de Su Padre, sin desear hacer nada para Su propio bien y sin esperar ganar algo para Sí. Así que, no importa cuál fuera la situación, El tenía descanso en Su corazón: y estaba plenamente satisfecho con la voluntad de Su Padre. Eso, es lo que debemos aprender de Él, pero no es un aprender producto de una regulación externa; ya que ello era lo que los religiosos judíos que se le oponían y le rechazaban hacían. Eso es lo que Él les dijo en Mateo 23:27: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia”.

Entonces, ¿cómo aprendemos de Cristo de forma interior? La respuesta a esta interrogante parte primeramente de comprender donde esta Cristo hoy en día, hoy en día, en la experiencia práctica que tenemos de Cristo, Él es el Espíritu (2 Co. 3:17; 1 Co. 15:45). Me gusta mucho como William Barclay comenta 2 de Corintios 3:17, él dice:

“Parece que Pablo identifica al Señor Resucitado con el Espíritu Santo. Debemos recordar que Pablo no escribía teología; ponía por escrito la experiencia. Y es en la experiencia de la vida cristiana que la obra del Espíritu y la obra del Señor Resucitado son la misma obra. La fuerza, la luz, la dirección que recibimos provienen tanto del Espíritu como del Señor Resucitado. No importa cómo lo expresamos con tal que lo experimentemos”. (William Barclay, Las Cartas a los Corintios, Philadelphia, PA: Comunicado de Westminster, 1954, 1956, pág. 216).

Así que, en el aspecto esencial de la Trinidad y por el lado de la praxis cristiana, Cristo es el Espíritu, y dicho espíritu mora en el creyente en su espíritu humano (2 Ti. 4:22), desde ese lugar, el lugar santísimo neotestamentario, Él como la realidad del arca del pacto nos habla (cf. Nm. 7:89) para enseñarnos de forma interior (1 Jn. 2:20, 27), y este aprender nos lleva a que Él avance desde nuestro espíritu humano hasta hacer Su morada permanente en nuestro corazón, como Pablo lo dijo: “para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef. 3:17-19). Cuando Cristo avanza desde nuestro espíritu para ganar nuestro corazón, es entonces, y solo entonces, cuando podemos expresar de forma externa las virtudes humanas que el Hijo de Dios expresó en Su vivir en esta tierra, es decir, Su mansedumbre y Su humildad, llegando a convertirnos de esta forma, en reproducciones vivientes del Hijo de Dios, nuestro prototipo. Es solamente de esta manera, que nosotros los creyentes podemos llegar a ser mansos y humildes de corazón. Como podemos ver, todo inicia y se lleva a cabo en nuestro interior, pero es expresado de forma externa mediante nuestro vivir. No es únicamente una apariencia o imitación; sino una realidad viviente forjada en nuestro ser (1 Ts. 5:23).

IV. Hallaréis descanso para vuestras almas.

El versículo 29 concluye diciendo: “y hallaréis descanso para vuestras almas”. El descanso que aquí se ofrece no es el descanso de nuestro espíritu humano, muerto (es decir, en estado de coma) a causa de nuestros delitos y pecados (Ef. 2:1-2); sino el descanso de nuestra alma. El descanso de nuestro espíritu lo encontramos en el momento en que creemos en Cristo y le recibimos por la fe (Jn. 1:12), dicho de otra manera, lo recibimos en nuestra regeneración (Jn. 3:5 cf. Ef. 2:5-6); y es el descanso que el Señor ofreció en el versículo anterior cuando dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt. 11:28). Sin embargo, aquí en el versículo 29 Él vuelve a invitar a Sus oyentes al descanso, pero al descanso relacionado con sus almas. ¿A que se refiere este descanso? Este descanso se refiere a la salvación de nuestra alma (1 P. 1:9; Fil. 2:12), es decir, la santificación progresiva. La salvación completa que Dios efectúa en nosotros, en nuestro interior, consiste en que Él desea santificar por completo todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo (1 Ts. 5:23). En la regeneración, nuestro espíritu fue salvo para la eternidad, y esa es la seguridad eterna de la salvación, de que no veremos la condenación eterna. Pero después de ella, se hace necesario que vivamos para Dios ocupándonos de la salvación de nuestra alma con temor y temblor, esto implica orar, leer Su palabra, orarla-leer, reunirse, ayunar, etc., a fin de que el Señor mismo sea forjado como santidad (1 Co. 1:30) en todo nuestro ser.

a) El descanso de nuestras almas y el reino de los cielos.

Como hemos podido ver, la salvación o descanso para nuestras almas no está relacionado con la condenación eterna; sino con el reino de los cielos, que es el tema principal del evangelio de Mateo (Mt. 3:2; 4:17; 5:3, 10, 19-20; 7:21; 8:11; 10:7; 11:11-12; 13:11, 24, 31, 33, 44-45, 47, 52; 16:19; 18:1, 3-4, 23; 19:12, 14 ,23; 20:1; 22:2; 23:13; 25:1, 14), y con la recompensa de este, que es el milenio. Si no llevamos el yugo del Señor en la era presente y no aprendemos a vivir en esta vida como el Señor vivió en mansedumbre y en humildad de corazón; entonces en la era venidera no heredaremos el reino en su manifestación gloriosa que es el reino milenial, seremos salvos, así como por fuego (1 Co. 3:15), pero no recibiremos galardón en el Tribunal de Cristo (Ro. 14:10; 2 Co. 5:10) ni reinaremos con Cristo por mil años (Ap. 20:6). Esto, debido a que no fuimos hallados vestidos con el traje de bodas (Mt. 22:11-14), fuimos encontrados sin aceite en nuestra vasija (Mt. 25:4), fuimos negligentes (Mt. 25:30) y reprensibles en nuestro ser (1 Ts. 5:23). Fuimos pesados en balanza y fuimos hallados faltos (Dn. 5:27). Que el Señor tenga misericordia de nosotros, y nos ayude a comprender en nuestra experiencias esta gran verdad!!!

b) El descanso de nuestras almas y el reposo del pueblo de Dios.

El descanso para nuestras almas, del cual se habla en este versículo, es también el reposo del pueblo de Dios que aún queda por entrar. Pablo dijo en su epístola a los Hebreos: “Y otra vez aquí: No entrarán en mi reposo. Por lo tanto, puesto que falta que algunos entren en él, y aquellos a quienes primero se les anunció la buena nueva no entraron por causa de desobediencia, otra vez determina un día: Hoy, diciendo después de tanto tiempo, por medio de David, como se dijo: Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones. Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día. Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas. Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia” (He. 4:5-11). Según el contexto de la epístola, Pablo escribió la misma para creyentes que se habían convertido del judaísmos, pero que en ese momento de escribir la epístola, se encontraban con la intensión de apostatar de su fe; debido a la seducción de los falsos maestros judaizantes. Con esto, lo que pretendo señalar, es que los lectores de Pablo ya eran creyentes nacidos de nuevo; por tal razón, el reposo al que Pablo les invita a entrar, no es la vida cristiana o la regeneración; sino la salvación de sus almas, es decir, la madurez espiritual producto del crecimiento de Cristo en nuestro ser (Ef. 4:15); ellos necesitaban ganar a Cristo en su alma (Fil. 3:8) a fin de que la misma, pudiera reposar en Él. Por ello, en Hebreos 4:12 se habla de la Palabra como espada de doble filo que penetra para dividir el alma del espíritu; así como la espada puede dividir la médula del hueso. El punto que Pablo quiere subrayar es que el creyente a través de la Palabra debe de aprender a discernir y diferenciar aquellas cosas que proviene del Espíritu en Su espíritu, de aquellas que provienen de la vida natural de su alma, la cual somos llamados a negar, pues el Señor nos dijo: “Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque el que quiera salvar la vida de su alma (gr. psychên), la perderá; y el que la pierda por causa de Mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si gana todo el mundo, y pierde la vida dé su alma? ¿O qué dará el hombre a cambio de la vida de su alma? Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de Su Padre con Sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno conforme a sus hechos” (Mt. 16:24-27). Es importante notar, que Mateo 16:27 concluye hablando sobre la recompensa, luego de hablar de negar la vida del alma; ciertamente, que estas palabras, el Señor no las dirigió a los incrédulos; sino a Sus discípulos, ha aquellos que les pregunto: “Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?” (Mt. 16:15). ¿Por qué ocurre esto? Porque la salvación del alma, el descanso y reposo del alma, está relacionado con la recompensa del reino de los cielos (cf. Mt. 16:19). Es por tal razón, que requerimos hoy en día escuchar Su voz por medio de Su palabra a fin de poder diferenciar en nuestra experiencia las cosas que proviene de la vida de nuestra alma y las cosas que provienen del Espíritu de Dios que mora en nuestro espíritu humano. Y fue por esta razón, que Pablo exhorto a los efesios diciéndoles: “Y recibid…. la espada del Espíritu, el cual es la palabra de Dios; con toda oración y petición orando en todo tiempo en el espíritu, y para ello velando con toda perseverancia y petición por todos los santos” (Ef. 6:17-18). Necesitamos recibir la Palabra con toda oración y suplica en el espíritu humano a fin de que podamos escuchar hoy Su voz y podamos diferenciar nuestra alma de nuestro espíritu, y poder así, entrar en el reposo prometido, que es el reposo de nuestras almas, cuya plenitud se cumplirá en el milenio. Nunca nos olvidemos que según este versículo Cristo es el cumplimiento del día de reposo (Col. 2:16; He. 4:4). Aleluya porque en Él podemos hallar reposo!!!

c) El descanso de nuestras almas y la profecía de Jeremías.

La última frase de Mateo 11:29: “y hallaréis descanso para vuestras almas” es una cita literal de una de las frases halladas en Jeremías 6:16. Estas palabras en Jeremías fueron pronunciadas por Jehovah; y al citarlas Jesús literalmente, estaba dando a entender que Él era Jehovah. No estamos hablando aquí de modalismo sabeliano, que enseña que en el Antiguo Testamento Dios era Jehovah, luego, en los evangelios Jehovah llegó a ser Jesús, y desde Hechos hasta Apocalipsis, Jesús llegó a ser el Espíritu. No estamos hablando de esto. Sino de lo dicho por el Señor Jesús en Juan 10:30: “Yo y el Padre uno somos”. Es decir, de la unidad esencial de los tres de la Deidad. En la cual, el Hijo es el Padre (Jn. 14:9) y el Hijo es el Espíritu (2 Co. 3:17). Recordemos, que los tres de las Deidad coexisten mutuamente por la eternidad (Jn. 1:1; Mt. 3:16). Así que, en el aspecto esencial de la Trinidad, Jesús es Jehovah. Inclusive, el nombre Jesús significa “Jehovah el Salvador” (Mt. 1:21), Él es el Emmanuel, Dios con nosotros (Mt. 1:23). Por tal razón, Él podía citar de forma textual estas palabras halladas en la profecía de Jeremías.

Partiendo de esto, podemos ver, que Cristo como Jehovah es quien cumple la promesa hecha a los hijos de Israel en el Antiguo Testamento. Cristo como Pastor y Guardián de nuestras almas (1 P. 2:25) es quien nos pastorea desde nuestro interior (Col. 1:27) a fin de ganar nuestra alma (Jn. 10:11 cf.  Sal. 23:1-3) para que la misma pueda hallar descanso al entrar en la vida apropiada de iglesia y al disfrute pleno del reino de los cielos, al reposo del pueblo de Dios, cuya plenitud es el milenio.

En tercer lugar, el contexto de Jeremías 6:16 nos muestra que al igual que Jehovah fue rechazado y despreciado por los hijos de Israel; Jesús, el Hijo de Dios, fue despreciado (Is. 53:3) y aborrecido (Jn. 15:18, 24) por aquella generación contumaz e impenitente. Es decir, que le contexto en que se desarrolla Jeremías 6:16 y Mateo 11:29 son exactamente el mismo (Léase Mr. 12:1-11).

En último lugar, podemos ver que Jeremías 6:16 nos dice: “Paraos en medio de los caminos, y mirad; y preguntad por las sendas antiguas, y preguntad dónde está el buen camino, y andad en él”. Los “caminos” en este versículo son las muchas formas de conducirse que existen en la vida (cf. Jer. 7:3; 15:7; 16:17; 18:11; 26:13; 32:19). Unos se conducen en maldad, otros en hipocresía, otro en los vicios o en la fornicación, otros como los judíos en la religión y la idolatría, y unos otros en la filosofía. Las “sendas antiguas”, por su parte, en este versículo, denotan el andar por fe de los patriarcas: Abraham, Isaac y Jacob (cf. He. 11:2, 9), antes del establecimiento de la ley de Moisés; es decir, un andar basado en la fe (Ro. 4:9, 13, 16; Gá. 3:7-8, 14; He. 11:1, 6, 8, 17), que tipificaba el disfrute venidero de las inescrutables riquezas de Cristo (Ef. 3:8; Jn. 16:15 cf. Gn. 26:18) y la transformación del Espíritu Santo (Tit. 3:5; 2 Co. 3:18; Ro. 12:2 cf. Gn. 25:26; 27:35; 31:20; 47:7, 10). Al transitar por los diferentes caminos que hay en este mundo, debemos de detenernos y preguntar por las sendas antiguas, para los judíos estas sendas fueron de tropiezo (cf. Jer. 18:15), mas para los que buscan la verdad y la vida estas sendas antiguas son el lugar en donde podemos preguntar por el buen camino. El buen camino es el Señor, tal y como Él nos lo dice en Juan 14:6: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por Mí”. Al encontrar y recibir este camino no nos queda de otra que andar en Él. Pablo nos lo dijo: “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él”. Andar en Él, quien es el Espíritu en la esencia de la Trinidad (2 Co. 3:17), es andar en el Espíritu (Gá. 5:16) quien es el cumplimiento de la bendición dada a Abraham (Gá. 3:14). Es de esta forma que hayamos descanso para nuestras almas en la era presente; los religiosos judíos dijeron: “¡No andaremos en él!”. Sin embargo, nosotros sabemos que separados de Él nada podemos hacer (Jn. 15:5). Por Su misericordia y por fe hemos sido introducidos en Él (Jn. 14:20; 2 Co. 5:17) y Él esta en nosotros (Col. 1:27), Él es la vid (Jn. 15:1) y nosotros Sus pámpanos (Jn. 15:5), es decir, que tenemos una unión orgánica con Él. Todo esto por la fe, la fe lo recibe a Él (Jn. 1:12) y la fe nos lleva también a perseverar en Él (2 Co. 5:7). No nos resta más que orar como el salmista: “Muéstrame, oh Jehovah, Tus caminos; enséñame Tus sendas [cf. Sal. 25:10; Isa. 2:3]. Encamíname en Tu verdad [cf. Jn. 14:6; 17:17; 6:63], y enséñame, porque Tú eres el Dios de mi salvación; en Ti he esperado todo el día” (Sal. 25:4-5).

V. Conclusión.

Cuando recibimos a Cristo por la fe (Jn. 1:12), Él, quien es el camino, la verdad y la vida, nos introduce en Dios el Padre (Jn. 14:6), esto es una realidad practica para nosotros por medio de la persona del Espíritu, quien es la bendición prometida a Abraham y a Su descendencia, es decir, aquellos que transitaron por la senda divina de la fe, y que con su caminar testificaron que algo estaba por venir (He. 11:8-10; 39-40). Esto, que estaba por venir, era el reino de los cielos, el cual se manifestó primero en la persona del Hijo como Rey (Mt. 12:28; Lc. 11:20), y en la actualidad se manifiesta en la vida apropiada de iglesia según se mira en Romanos 14:17 y en Mateo 16:18 y 19, en donde las palabras ‘iglesia’ y ‘reino de los cielos’ se emplean de forma intercambiable. No obstante, aunque los creyentes que viven en su espíritu, en esta era de la iglesia, son la realidad del reino de los cielos hoy, aun aguardamos la manifestación gloriosa y visible de este reino profetizado en la Biblia, suceso que tendrá su cumplimiento en el reino milenial (Léase Is. 11:6-12; Ap. 20:1-6). Para que los creyentes puedan tener acceso a este reino como recompensa, y sus galardones en el Tribunal de Cristo, se requiere que neguemos la vida de nuestra alma por medio de recibir la Palabra con toda oración y suplica en el espíritu humano, esto, le permitirá al Señor avanzar desde nuestro espíritu hacia nuestra alma con el fin de que la misma entre en el reposo de Dios en esta era y en la manifestación del reino en la era venidera, este reposo equivalente al descanso de nuestras almas, que es el fin de nuestra fe, es decir, la salvación de nuestras almas (1 P. 1:9). Este hecho, únicamente puede llegar a ser posible si llevamos el yugo del Señor y aprendemos de Él a ser mansos y humildes de corazón al permitirle que Él como mansedumbre y humildad se forje completamente en todo nuestro ser, sobre todo en cada una de las partes que componen nuestra alma, es decir, mente, voluntad y emociones. Esta es la verdad intrínseca haya en Mateo 11:29. Que el Señor les bendiga ricamente!!!

En Cristo.
Ministerio Disfrutando la Palabra.