La visión de la zarza ardiente.


Éxodo 3:1-4 “Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios. Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema. Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí”.

Deuteronomio 33:16 “con lo mejor de la tierra y cuanto contiene y el favor del que habitaba en la zarza. Descienda la bendición sobre la cabeza de José, y sobre la coronilla del consagrado entre sus hermanos”.

Gálatas 2:20 “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

Comentario:




El llamamiento de Moisés es uno de los llamamientos más hermosos que encontramos en el Antiguo Testamento, dicho llamamiento está cargado de cuadros, de figuras cuyo cumplimiento se dejan ver claramente en las páginas del Nuevo Testamento.

Éxodo 3:1 nos dice que el Ángel de Jehová se le apareció a Moisés en medio de una zarza; mientras que Éxodo 3:4 nos dice que Jehová mismo lo llamo de en medio de la zarza. Esto nos deja ver claramente, que el Ángel de Jehová es Jehová mismo; y aun mas, dicho Ángel es el Cristo preencarnado. Es decir, que en este pasaje de Éxodo tenemos ante nuestros ojos una cristofanía, una aparición de Cristo antes de Su encarnación (Jn. 1:14). Así que quien verdaderamente habla a Moisés en Éxodo capítulo tres es Cristo como la corporificación del Dios Triuno (Col. 2:9).

La maravillosa visión que apareció ante los ojos de Moisés consistía en una zarza que ardía en una llama de fuego. Pero lo maravilloso de esta visión era que la zarza no se consumía, es decir, no se carbonizaba. Según Lucas 6:44 la zarza es un tipo de árbol espinoso de mediana estatura. Según Génesis 3:18 los espinos son el resultado de la maldición del pecado, y la madera es un tipo de la humanidad según los detalles de la construcción del Tabernáculo que encontramos en el libro de Éxodo. Así que la zarza de Éxodo 3 representa a la humanidad corrompida por el pecado y sujeta a maldición. En esta humanidad no es posible servir a Dios y a Su propósito. Se requiere que Cristo el Ángel de Jehová y Jehová mismo se aparezca en medio de ella (Hch. 6:15 cf. Mt. 17:2) y hable a través de ella (Lc. 12:11-12). El fuego que ardía sobre la zarza era figura de Dios el Espíritu (cf. Hch. 2:3). En este sentido, tenemos al Dios Triuno completo. El Padre es Aquel que habla (Mt. 3:17; 17:5; Mr. 1:11; 9:7; 12:6; Lc. 3:22; 9:35) por medio del Hijo que nos ha enviado como mensajero de buenas nuevas (He. 1:1-2) y el Espíritu es Aquel que arde en la humanidad (Lc. 24:32) a fin de santificarla para el propósito de Dios (2 Ts. 2:13; He. 12:28-29; 1 P. 1:15-16).

La visión que Dios le mostro a Moisés, y la cual el Nuevo Testamento atestigua, es que el hombre en su humanidad no puede servir a Dios y a Su propósito, sino que se necesita que nuestra humanidad sea consumida por la obra del Espíritu, El cual nos revela al Hijo (Jn. 15:26; 16:13-15) con el Padre (Jn. 10:38, 30).

Por ello, Pablo dijo en Gálatas 2:20: “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios”. Y en Gálatas 4:19 él nos dice: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros”. Necesitamos que Cristo como la corporificación del Dios Triuno sea formado en nosotros a fin de que sea Él el que se exprese por medio de nuestra humanidad, hable a través de ella y la consuma en santidad para poderle ver cara a cara y día con día (He. 12:24). Si esto ocurre de manera practica en nuestra vida, entonces será el Señor y no nosotros los que edificaremos Su morada (Mt. 16:18); es decir, Su iglesia; de la misma manera en que el Señor edifico Su Tabernáculo por medio de la humanidad de Moisés.

La zarza, es decir, la humanidad no se consumía debido a que Dios no desea que nuestra humanidad sea erradicada; sino que la vida de nuestra alma sea erradicada mediante la operación de la cruz (Mt. 16:24) y por medio la guianza del Espíritu (Ro. 8:14). Dios no desea que perdamos nuestra humanidad; sino que Su deseo es que la misma sea saturada y renovada por medio de Su Espíritu a fin de que la corrupción que el pecado dejo en ella sea desechada. Por ello, aunque Pablo dice: “ya no vivo yo”, no deja de lado su “mi”, por medio del cual el Dios Triuno se expresaba en él.




Permitamos que la visión de la zarza ardiente gobierne nuestra vida, permitamos que Dios habite (Dt. 33:16 cf. Ef. 3:17) y se exprese en nuestra humanidad (1 Ti. 3:16), ya no tratemos de hacer la obra de Dios a nuestra manera y por medio de nuestra astucia humana, pues la Escritura nos advierte: “Donde no hay visión, el pueblo se desenfrena” (Pr. 29:18). Esa fue la causa por la cual los hijos de Israel se desenfrenaron frente al monte de Dios (Ex. 32:7-8). Esta, es la razón por la cual el cristianismo de hoy se ha degradado hasta el extremo. ¡Oh Señor que tu visión, la visión de la zarza ardiente, quede grabada en nuestro corazón!

En Cristo.
Disfrutando la Palabra.