El mundo al que predicamos (Salvador Dellutri).


Hace casi dos mil años, en un oscuro rincón del Imperio Romano moría crucificado un reo acusado de sedición. Sus seguidores se dispersaron impotentes ante la decisión de las autoridades judías y romanas de dar fin a lo que fueron tres años de incesante prédica. Cincuenta años después, la doctrina del crucificado había trascendido las estrechas fronteras de su pueblo, y su mensaje se difundía por todo el imperio arrastrando multitudes. Ni la razón ni la fuerza pudieron contra el empuje de la nueva fe que terminó por minar el imperio; y se constituyó en el fundamento de lo que se dio a conocer como «Cultura Occidental y Cristiana». Ninguna civilización anterior tuvo la dinámica de esta, ni su respeto por la dignidad humana, la justicia y la libertad.

Hoy esa cultura está en crisis. Este siglo se ha lanzado a un experimento que nunca antes el hombre intentó. Deslumbrado por las engañosas lumbreras de una libertad sin límites, el hombre occidental trata de edificar un mundo sin fe trascendente y sin valores absolutos. En el horizonte de su historia comienzan a emerger nuevamente, con distinta indumentaria, los viejos dioses paganos que huyeron en retirada, vencidos por el Cristo resucitado. Los ídolos que permanecieron encerrados en salas de museos parecen volver a cobrar vida. Los antiguos vicios del paganismo, antes condenados severamente, emergen otra vez y se defienden como baluartes de una «nueva moral», más flexible, comprensiva y permisiva que la anterior.



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