Dios hace en nosotros lo que es agradable delante de Él por medio de Jesucristo.


Lectura bíblica:

Hebreos 13:20-21“Ahora bien, el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesús, el gran Pastor de las ovejas, en virtud de la sangre del pacto eterno, os perfeccione en toda obra buena para que hagáis Su voluntad, haciendo El en nosotros lo que es agradable delante de El por medio de Jesucristo; a Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

Comentario:

En la vida de iglesia existen muchos queridos hermanos, que en su humanidad tratan de corregir, pastorear y encaminar a otros hermanos hacia lo que ellos consideran que es la voluntad de Dios para dichos hermanos. Creo que muchos de ustedes, que hoy leen este mensaje, no me dejaran mentir, que en muchas ocasiones estas buenas acciones de tales hermanos, no termina más que creado conflicto entre los hermanos de la localidad donde se reúnen. Esto debido, a que tratan de entrometerse en la vida de los demás, y no dejan que el Señor Jesús, el gran Pastor de las ovejas ejerza Su pastoreo interior en la vida de cada creyente. Es por tal razón, que Pablo en esta epístola a los Hebreos habla del Dios de Paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesús, ya que ante los problemas o circunstancias que los demás hermanos viven, nosotros los creyentes no requerimos otra cosa que al Dios de Paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesús a fin de no entrometernos en el designio y la ejecución del pastoreo interior que el Cristo que mora en nosotros está llevando a cabo en el interior de cada creyente.

Nosotros, primero necesitamos que la sangre del pacto eterno nos perfeccione en toda obra buena para que hagamos Su voluntad, haciendo El en nosotros lo que es agradable delante de El por medio de Jesucristo. ¿Se fija en algo? Por un lado, Pablo nos invita a hacer Su voluntad; pero por otro, él enfatiza: “haciendo El en nosotros lo que es agradable delante de Él”. Por un lado está la voluntad humana; y por otro, la voluntad de Dios; lo correcto según lo explica Pablo es que la voluntad de Dios subyugué nuestra voluntad para que hagamos la voluntad de Él; y no al revés, que nuestra voluntad caída, nuestro ‘yo’, desee en su fuerza natural hacer la voluntad de Dios. Debemos de recordar siempre que Dios es el que en nosotros produce así el querer como el hacer, por Su buena voluntad (Fil. 2:13).

La vida cristiana no se trata de que nosotros hagamos por nosotros mismo la voluntad de Dios, porque si tal es el caso, terminaremos derrotados. Dios no se agrada del fruto de la tierra que ofreció Caín (Gn. 4:1-8), Dios se agrada de la sangre del pacto eterno que viene del Cordero de Dios (Jn. 1:29). Caín se esforzó en su humanidad para labrar la tierra, para cultivar la semilla, para regarla (pues en ese tiempo aun no llovía) y para segar su fruto. Pero vemos a Abel, él cual únicamente disfrutaba a Dios, las ovejas Dios las creó, el pasto que las ovejas comían Dios lo hacía crecer en la faz de la tierra, el agua que las ovejas bebían Dios lo hacía brotar de entre los manantiales. En este relato, vemos un marcado contraste, por un lado Caín se esforzaba por agradar a Dios y hacer Su voluntad; mientras que por el otro, Abel únicamente disfrutaba al Señor y cuidaba aquello que Él mismo había creado. Al final, la ofrenda de Caín fue rechazada; mientras que la de Abel fue grato olor delante de Jehová, ya que la ofrenda que Abel ofreció era Cristo mismo, como el Cordero de Dios (He. 11:4). Por ello, Pablo en el 13:15 de esta epístola nos dice: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él [es decir, Cristo], sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre”. Cristo debe ser siempre nuestra ofrenda y sacrificio para Dios. Si las cosa que hacemos para Dios las hacemos en Cristo y no en nuestro ‘yo’ (Gá. 2:20), entonces tendremos la certeza de que tales cosas están y son la voluntad de Dios, porque solo en el Hijo de Su amor Dios haya Su complacencia (Mt. 3:17; 17:5; Mr. 1:11; Lc. 3:22; 2 P. 1:17). Ofrezcamos siempre a Dios a Cristo como ofrenda; por ello Pablo dice: “haciendo El en nosotros lo que es agradable delante de El por medio de Jesucristo”.

En nuestra vida cristiana y en nuestra vida de iglesia necesitamos experimentar dos cosas: (1) necesitamos disfrutar al Dios de Paz (Ro. 15:33) a fin de tener gozo, perfeccionarnos, consolarnos unos a otros, tener un mismo sentir, y vivir en paz unos con otros (2 Co. 13:11); esto lo logramos al poner en práctica la enseñanza de los apóstoles (Fil. 4:9) y nos conduce a que todo nuestros ser sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo en santidad (1 Ts. 5:23) a fin de que Satanás sea aplastado bajo Sus pies (Ro. 16:20). Por ello, la segunda cosa que necesitamos es: (2) la sangre del pacto eterno, esto trata sobre confesar nuestros más mínimos pecados conforme a la luz que el Señor haga resplandecer sobre nosotros (1 Jn. 1:5) todos y cada uno de los días de nuestra peregrinación por esta tierra (1 P. 2:11; 1:17; 1 Jn. 2:1-2); si aplicamos la sangre del pacto eterno de esta forma, entonces venceremos a Satanás (Ap. 12:11) quien nos acusa todos los días delante de Dios (Ap. 12:10; Job 1:6-11; 2:5; Zac. 3:1-2; Lc. 22:31) por los pecados que cometemos a diario y hace que nuestra conciencia no es te limpia (2 Ti. 1:3) dando por resultado que nuestra fe se vaya de nosotros (1 Ti. 3:9), porque el enemigo nos susurra al oído que somos pecadores por esto o por aquello.

Si experimentamos estas dos cosas, al Dios de Paz y la sangre del pacto eterno, los conflictos en la iglesia se acabaran y Dios podrá cumplir Su voluntad en nosotros y en la iglesia. Ya no nos entrometeremos más en la vida de los demás hermanos, por que el Dios de Paz nos constreñirá en nuestro interior; así mismo, antes de ver los defectos o los problemas espirituales de los demás hermanos, nos veremos a nosotros mismos, y veremos la viga que hay en nosotros, en comparación con la paja que hay en el ojo de nuestro hermano (Mt. 7:3-5); así que en lugar de inmiscuirnos, iremos directamente al trono de la gracia para encontrar en el misericordia y gracia para el oportuno socorro (He. 4:16) mediante la aplicación de la sangre del pacto eterno ¡Aleluya! Ya no criticaremos mas a nuestros hermanos, por esto o por lo otro; sino que mejor oraremos por ellos (Stg. 5:16; 1 Ts. 5:25; 2 Ts. 3:1, He. 13:18) a fin de que el Cristo que mora en ellos y en nosotros (Col. 1:27) perfeccioné la buena obra en ellos (Fil. 1:6). Ya no meternos más las manos en la obra del Señor, sino que lo dejaremos que Él como el gran Pastor de las ovejas pastorea interiormente la vida de cada creyente. Esto hará que el Señor mismo edifique Su iglesia (Mt. 16:18) y no nuestro ‘yo’. Así que a Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

En Cristo.
Disfrutando la Palabra.

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