La segunda parte de
la obra del sexto día se refiere a la creación del hombre.
I. El hombre fue
hecho el último de todas las criaturas, para que no pudiese sospecharse que
pudo ser, de algún modo, un ayudante de Dios en la creación del mundo. Con
todo, fue un honor y un favor para él haber sido hecho el último: un honor, por
cuanto el método de la creación fue un avance desde lo menos perfecto hasta lo
más perfecto; y un favor, porque no estaba bien que fuese hospedado en un
palacio designado para él hasta que dicha mansión estuviese completamente
acondicionada y amueblada para recibirle. El hombre, tan pronto como fue
creado, tuvo delante de sí toda la creación visible, tanto para contemplarla
como para sacar provecho de ella.
II. La creación del
hombre fue una señal más importante y un acto más inmediato del poder y de la
sabiduría de Dios que la de las otras criaturas. Hasta ahora, Dios había dicho:
«Sea la luz», y «Haya expansión», y «Produzca la tierra o las aguas» tal cosa;
pero ahora la voz de mando se vuelve en voz de consulta y deliberación,
«Hagamos al hombre, por cuya causa fueron hechas el resto de las criaturas:
ésta es una obra que tenemos que tomar a pecho». En los otros casos, Dios habla
como quien tiene autoridad; en éste, como quien siente un profundo afecto, como
si dijera: «Habiendo tomado ya las medidas preliminares, pongamos ahora manos a
la obra: hagamos al hombre». El hombre tenía que ser una criatura diferente de
todas las que habían sido hechas hasta ahora. Carne y espíritu, cielo y tierra,
deben ser juntados en él y debe ser hecho aliado de ambos mundos. Y, por eso,
no sólo es Dios mismo el que se encarga de hacerlo, sino que le place expresarse
como si llamase a consejo para considerar el asunto de hacer al hombre: Hagamos
al hombre. Las tres personas de la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
consultan sobre esto y convienen en ello. Dejemos que gobierne al hombre el que
dijo: Hagamos al hombre.
III. Que el hombre
fue hecho a imagen y semejanza de Dios contiene dos palabras que expresan la
misma cosa y ponen mayor expresión la una en la otra; imagen y semejanza
denotan la imagen más semejante. Aun así, hay entre Dios y el hombre una distancia
infinita. Sólo Cristo es la imagen verdaderamente expresiva de la persona de
Dios, como Hijo del Padre, que tiene la misma naturaleza. Sólo algo del honor
de Dios ha sido puesto en el hombre, quien es imagen de Dios como la sombra en
el espejo, o la imagen del rey impresa en la moneda. La imagen de Dios en el
hombre consiste en estas tres cosas: 1. En su naturaleza y constitución, no del
cuerpo (pues Dios no tiene cuerpo), sino de su alma. Es cierto que Dios ha
puesto en el cuerpo del hombre el honor que significa el que el Verbo se haya
hecho carne, que el Hijo de Dios se haya vestido de un cuerpo como el nuestro y
vestirá en breve al nuestro con una gloria como la del suyo. Pero es el alma,
la excelsa alma del hombre, la que especialmente lleva la imagen de Dios. El
alma del hombre, considerada en sus tres facultades específicas: entendimiento,
voluntad y facultad activa, es quizás el más brillante y claro espejo de la
naturaleza, donde se puede ver a Dios. 2. En su lugar y autoridad: Hagamos al
hombre a nuestra imagen… y señoree. Al ostentar el dominio sobre las criaturas
inferiores, es como si fuera el representante de Dios, o virrey en la tierra.
Con todo, el gobierno de sí mismo mediante el albedrío de su voluntad comporta
una mayor participación de la imagen de Dios que la que supone el gobierno de
las demás criaturas. 3. En su pureza y rectitud. La imagen de Dios en el hombre
va también revestida de rectitud y santidad (Ef. 4:24; Col. 3:10). Así de
santos, así de felices eran nuestros primeros padres al llevar la imagen de
Dios sobre sí.
IV. El hombre fue
hecho varón y hembra, y bendecido con la bendición del fruto y de la
multiplicación. Dijo Dios: Hagamos al hombre, e inmediatamente añade: Y creó
Dios al hombre, llevó a cabo lo que había resuelto. En nosotros, el decir y el
hacer son dos cosas distintas, pero no lo son en Dios. Parece que del resto de
las criaturas, Dios hizo muchas parejas, pero del hombre, ¿no hizo sólo una? Y
de aquí saca Cristo un argumento contra el divorcio (Mt. 19:4-5). Nuestro
primer padre, Adán, quedó confinado a una sola esposa; y, si la hubiese
repudiado, no había otra con quien casarse, lo cual insinuaba claramente que el
vínculo del matrimonio no se había de disolver a placer. Dios hizo solamente un
varón y una hembra, para que todas las naciones del mundo pudiesen reconocerse
como hechas de una misma sangre, descendientes de una misma estirpe, y ser
incitados por ello a amarse los unos a los otros. Les dio: 1. Una cuantiosa
herencia: Llenad la tierra, esto es lo que se otorga a los hijos de los
hombres. Fueron hechos para habitar sobre toda la faz de la tierra (Hch. 17:26).
Éste es el lugar en que Dios ha puesto al hombre para ser un novicio que
promocione a un estado superior. 2. Una familia numerosa y perpetua, destinada
a disfrutar de dicha herencia.
V. Dios concedió al
hombre después de crearle, dominio sobre las criaturas inferiores, sobre los
peces del mar y sobre las aves del aire. Aunque el hombre no tiene que proveer
para ninguno de ellos, tiene poder sobre todos ellos. Con ello, Dios decidió
dar honor al hombre. La providencia de Dios continúa proveyendo a los hijos de
los hombres de cuanto es necesario para la seguridad y el mantenimiento de sus
vidas.