Un ulterior relato de
la obra del primer día, en la cual es de observar: 1. Que el primero de todos
los seres visibles que Dios creó fue la luz, para que por ella pudiésemos ver
sus obras y su gloria en ellas, y pudiésemos obrar nuestras obras mientras es
de día. La luz es la gran belleza y bendición del Universo. En la nueva
creación, lo primero que se produce en el alma es luz: el Espíritu Santo
cautiva la voluntad y los afectos por medio de la iluminación de nuestro
entendimiento. Los que, por el pecado, eran tinieblas, vienen a ser, por la
gracia, luz del mundo. 2. Que la luz fue hecha por la palabra del poder de
Dios. Dijo: Sea la luz; lo quiso, lo decidió, y fue hecha inmediatamente. La
palabra de Dios es viva y eficaz. Cristo es la Palabra o Verbo, el Verbo
esencial y eterno, y por medio de Él fue producida la luz, porque en él estaba
la luz, y él es la luz verdadera, la luz del mundo (Jn. 1:9; Jn. 8:12; Jn. 9:5).
La luz divina que brilla en las almas santificadas es producida por el poder de
Dios y es la que nos da el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de
Jesucristo, como, al principio, Dios mandó que de las tinieblas resplandeciese
la luz (2 Co. 4:6).
3. Que después de
haber producido la luz que quiso hacer, Dios la aprobó: Y vio Dios que la luz
era buena. Si la luz es buena, cuán bueno ha de ser el que es el manantial de
la luz, y de quien la recibimos nosotros. 4. Que Dios separó la luz de las
tinieblas. Y distribuyó, con todo, el tiempo entre ellas, el día para la luz y
la noche para las tinieblas, en constante y regular sucesión. Aunque la
oscuridad estaba ahora disipada por la luz, sin embargo se turna con la luz, y
tiene su lugar, porque tiene su uso; pues, así como la luz de la mañana
patrocina los quehaceres del día, así también las sombras del anochecer
favorecen el reposo de la noche y corren las cortinas en torno nuestro para que
podamos dormir mejor.
5. Que Dios separó la
una de la otra poniéndoles distintos nombres: Llamó Dios a la luz Día, y a las
tinieblas llamó Noche. Les dio nombres, como Señor de ambas. Reconozcamos a
Dios en la constante sucesión de día y noche, y consagremos ambas a su honor;
trabajemos para Él cada día, y descansemos en Él cada noche. 6. Que ésta fue la
obra del primer día, y de un buen día, por cierto. Y fue la tarde y la mañana
un día. Este fue el Primer día, no sólo del mundo, sino también de la semana.
Lo observamos en honor de aquel día, porque el nuevo mundo comenzó igualmente
el primer día de la semana, en la resurrección de Cristo como la luz del mundo,
por la mañana temprano. En Él, un amanecer del sol desde lo alto (Lc. 1:78) ha
visitado al mundo.