(La obra de la creación
en epítome y embrión)
I. En su epítome (v.
1), donde encontramos el primer artículo de nuestro credo, que Dios el Padre
Todopoderoso es el Creador de Cielos y Tierra.
1. Observa, en este
versículo, cuatro cosas:
A) El efecto
producido-a saber toda la estructuración y decoración del Universo. El mundo es
como un gran edificio, con sus plantas altas y bajas, con una estructura
estable y magnífica, uniforme y conveniente, y con cada habitación sabia y
admirablemente amueblada. Los cielos no sólo aparecen a nuestros ojos
hermoseados con gloriosas lámparas para atavío de su exterior, conforme leemos
aquí de su creación, sino también llenos por dentro de gloriosos seres, ocultos
a nuestra vista. En el mundo visible, es fácil observar (a) gran variedad, diversas
especies de seres muy diferentes los unos de los otros en su naturaleza y
constitución; (b) gran belleza. El cielo azul y la verde tierra son un encanto
para los ojos del curioso espectador. ¡Cuán superior debe ser, pues, la belleza
del Creador! (c) Gran exactitud y minuciosidad. Las obras de la naturaleza,
vistas al microscopio, aparecen mucho más bellas que las obras de arte; (d)
gran poder. No se trata de una masa de materia muerta e inerte, pues la tierra
misma posee un poder magnético; (e) gran orden, por la interdependencia de los
seres, la exacta armonía de movimientos y la admirable concatenación de causas;
(f) gran misterio. En la naturaleza hay fenómenos que nuestra razón nunca
acertará a comprender. Pero, por lo que del cielo y de la tierra conocemos,
podemos inferir el eterno poder y la divinidad del gran Creador. Nuestro deber
como cristianos es tener siempre puestos los ojos en el Cielo y los pies sobre
la tierra.
B) El autor y causa
agente de esta magna obra (DIOS). El término hebreo es Elohim, que indica: (a)
El poder del Dios Creador. Él significa «el Dios fuerte», ¿y qué menos que una
fuerza omnipotente pudo sacar de la nada todas las cosas? (b) insinúa la
pluralidad de personas en la Deidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este nombre
plural de Dios en hebreo, que habla de Él como de muchos en uno,1 confirma
nuestra fe en la doctrina de la Trinidad, que, aunque se insinúa oscuramente en
el Antiguo Testamento, está claramente revelada en el Nuevo. A menudo se nos
dice que el mundo fue hecho por Él y que nada fue hecho sin Él (Jn. 1:3; Jn. 1:10;
Ef. 3:9; Col. 1:16; He. 1:2).
C) El modo como esta
obra fue efectuada: Dios la creó, esto es, la hizo de la nada. No había ninguna
materia preexistente, de la cual fuese producido el mundo. Ningún artífice
trabaja sin materia sobre la cual pueda trabajar, pero para el poder omnímodo
de Dios no sólo es posible el que algo sea hecho de la nada (el Dios de la
naturaleza no está sujeto a las leyes de la naturaleza), sino que, en la
creación, no pudo ser de otra manera, pues nada habría más injurioso contra el
honor de la Mente Eterna que suponer la existencia de una materia eterna.
D) Cuándo fue
producida esta obra: En el principio, es decir, en el principio del tiempo,
cuando al reloj del mundo se le dio cuerda por primera vez; el tiempo comenzó
precisamente al ser creadas las cosas cuya medida es el tiempo. Antes del
principio del tiempo, no existía más que el Ser Infinito que vive en la
eternidad. Así que, según Jn. 1:1, nos basta con decir: «En el principio
existía el Verbo».
2. Aprendamos de aquí
(A) que el ateísmo es una locura, y los ateos son los mayores locos del mundo,
puesto que ven que hay un mundo que no se pudo hacer a sí mismo y, con todo,
rehúsan admitir que exista un Dios que lo hizo; (B) que Dios es Dueño soberano
de todas las cosas por derecho incontestable, (C) que para Dios todo es posible
y, por tanto, cuán felices son los que le tienen por su Dios y han puesto en Él
su sostén y su esperanza (Sal. 121:2; Sal. 124:8); (D) que el Dios a quien
servimos es digno de toda adoración y alabanza (Nehemías 9:5-6). Si todo es de
Él, todo debe ser para Él.
II. La obra de la
creación en su embrión (v. 2), donde tenemos el relato de la primera materia y
del primer motor.
1. Un caos fue la
primera materia. Aquí se le llama la tierra; también se le llama el abismo,
tanto por su extensión como por el hecho de que las aguas que fueron separadas
de la tierra, estaban ahora mezcladas con ella. El Creador pudo haber hecho su
obra ya perfecta al principio, pero con este proceso gradual, quiso mostrar el
método ordinario de su providencia y de su gracia. Observa la descripción de
este caos. (A) No había en él nada digno de ser visto, porque estaba informe y
vacío. Tohu y Bohu equivalen a confusión y vaciedad, pues así se traducen en
Isaías 34:11. Para quienes tienen el corazón en el Cielo, este mundo de abajo,
en comparación con el de arriba, no es otra cosa que confusión y vaciedad. (B)
Aun cuando hubiese habido algo digno de verse, no había luz para poder verlo,
pues las tinieblas, tinieblas densas, estaban sobre la superficie del abismo.
Este caos representa el estado de un alma no regenerada y desprovista de
gracia, pues en ella hay desorden, confusión y toda obra perversa; está vacía
de todo bien, porque está sin Dios; está a oscuras hasta que la gracia
omnipotente efectúe un bendito cambio.
2. El Espíritu de
Dios era el primer motor: Se movía sobre la superficie de las aguas. El
Espíritu de Dios comienza su obra; y cuando Él se pone a obrar, ¿quién o qué se
lo impedirá? Se nos dice que Dios hizo el mundo por su Espíritu (Job 26:13; Sal.
33:6) y la nueva creación también es efectuada por este poderoso agente. Se
movía sobre la superficie del abismo. Dios es no sólo el autor de todo ser,
sino también el manantial de la vida y la fuente de toda moción. La materia
muerta habría quedado por siempre muerta si Él no la hubiese vivificado. Y esto
nos acredita que Dios puede resucitar a los muertos.