Los ofensores quedan
convictos de culpa por su propia confesión, y, con todo, se esfuerzan por
presentar excusas y atenuantes de su falta.
I. Cómo les fue extraída
esta confesión. Dios habló así al hombre: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo?
(v. 11). «¿Cómo llegaste tú a sentir tu desnudez como una vergüenza?» ¿Has
comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Aunque Dios conoce todos
nuestros pecados quiere oírlos de nuestros labios y requiere de nosotros una
sincera confesión de ellos; no para quedar Él informado, sino para quedar
nosotros humillados. La pregunta dirigida a la mujer fue la siguiente: ¿Qué es
lo que has hecho? (v. 13). Nótese que es incumbencia de quienes han comido del
fruto prohibido, y especialmente de quienes han seducido a otros para comer de
él igualmente considerar seriamente lo que han hecho. Al comer del fruto
prohibido, hemos ofendido a Dios grande y amoroso. Al seducir a otros para que
coman de él hacemos labor diabólica, nos hacemos culpables de los pecados
ajenos y cómplices de su ruina.
II. Cómo trataron de
atenuar su culpabilidad al confesar su pecado. No tenía finalidad alguna el
descargarse de culpabilidad. En vez de confesar la gravedad de su pecado y
avergonzarse de él, se excusan y les echan a otros la culpa y el descrédito. 1.
Adán le echa toda la culpa a su mujer. Aprendamos de aquí a no ser atraídos al
pecado por aquello que no nos ha de extraer del juicio; jamás, pues, obremos
contra nuestra conciencia, ni desagrademos a Dios para agradar al mejor amigo
que tengamos en el mundo. Pero esto no es lo peor del asunto. Adán no sólo le
echa la culpa a su mujer, sino que se expresa de modo que tácitamente se la
echa a Dios mismo. Insinúa que Dios ha sido cómplice del pecado pues le dio una
mujer que le ha dado a él del fruto. Hay una extraña propensión en quienes son
tentados, a decir que son tentados por Dios, como si nuestro abuso de los dones
de Dios fuese una excusa de nuestras violaciones de la ley de Dios. 2. Eva, a
su vez, echa toda la culpa a la serpiente: La serpiente me engañó. El pecado es
como un rapaz a quien nadie se atreve a adoptar, señal de que es algo
ignominioso. Aprendamos de aquí: (A) Que las tentaciones de Satanás son todas
puro engaño, todos sus argumentos son falacias y todas sus seducciones,
imposturas. El pecado nos engaña y, al engañarnos, nos estafa. Es por el engaño
del pecado por lo que se endurece el corazón (v. Ro. 7:11; He. 3:13). (B) La
astucia de Satanás no nos justificará de nuestro pecado, aunque el tentador es
él, nosotros somos los pecadores; y, en realidad, es nuestra propia
concupiscencia la que nos atrae y seduce (Stg. 1:14).