I. La autoridad de
Dios sobre el hombre como criatura que tenía capacidad de razonar y libertad de
albedrío. El Señor Dios mandó al hombre, que ahora figuraba como padre y
representante de toda la humanidad, recibir una ley, como antes había recibido
una naturaleza. Los animales brutos tienen sus respectivos instintos; pero el
hombre fue hecho capaz de realizar un servicio racional y, por ello recibió no
sólo el mandato de un Creador, sino también el mandato de un Rey y Dueño.
II. El acto
particular de esta autoridad al prescribir al hombre lo que éste debía hacer.
1. Le fue hecha una
confirmación de su actual felicidad en esta concesión: De todo árbol del huerto
podrás comer. Esto suponía no sólo una asignación de libertad, sino, además un
seguro de vida para él, de vida inmortal, bajo condición de obedecer. Así, bajo
esta condición de perfecta, personal y perpetua obediencia, Adán tenía
asegurado el paraíso para sí y para sus herederos para siempre.
2. Se le impuso una
prueba de obediencia, bajo pena de perder toda su felicidad: «Sábete, Adán, que
ahora dependes de tu buena conducta, estás puesto en el paraíso a prueba; sé
obediente, y estás hecho para la eternidad; de lo contrario, serás tan
miserable como feliz eres ahora». Aquí: (A) Adán es amenazado con la muerte en
caso de desobediencia. Observa: (a) Incluso Adán, en su estado de inocencia,
fue aterrorizado con una amenaza. (b) La pena intimada es la muerte. (c) Esta
amenaza se cumpliría como consecuencia inmediata del pecado.
(B) Adán fue probado
con una ley positiva a no comer del fruto del árbol de la ciencia. (a) Porque
la razón de ello está derivada puramente de la voluntad del Legislador. Adán
tenía en su naturaleza una aversión contra lo que era malo en sí mismo y por
ello, es probado en algo que era malo sólo por estar prohibido. (b) Porque el
freno para abstenerse de ello está situado en los deseos de la carne y en los
de la mente, que, en la naturaleza corrupta del hombre, son las dos grandes
fuentes del pecado. Esta prohibición tendía a comprobar tanto su apetito hacia los
deleites sensibles como su curiosidad ambiciosa de saber, para que su cuerpo
fuese gobernado por su alma, y su alma por su Dios.