Génesis 2:10-15

(continuación del estudio anterior)

5. Los ríos que regaban este huerto (vv. 10-14). Estos cuatro ríos (o un río dividido en cuatro corrientes) contribuían grandemente tanto a la delicia como a la fructuosidad de este huerto. En el paraíso celestial hay un río que aventaja infinitamente a éstos; pues es un río del agua de la vida, que no surge del Edén, como éstos, sino que sale del trono de Dios y del Cordero (Ap. 22:1), un río que alegra la ciudad de Dios (Sal. 46:4). Javilá tenía oro, especias y piedras preciosas; pero Edén tenía algo que era infinitamente mejor: el árbol de la vida y la comunión con Dios.


II. La colocación del hombre en este paraíso de deleites (v. 15), donde observa:

1. Cómo Dios le dio posesión de él. (A) El hombre fue creado fuera del paraíso, pues Dios le puso en él después que lo creó; fue formado de arcilla común, no de polvo del paraíso. No podía apelar a sus derechos al huerto porque no había nacido en su interior ni tenía más que lo que había recibido. (B) El mismo Dios que fue el autor de su ser fue el autor de su gloria. Sólo el que nos hizo puede hacernos felices. (C) Mucho contribuye al bienestar de cualquier condición el haber visto a Dios yendo delante de nosotros y colocándonos en ella. Si no hemos forzado los pasos de la providencia, sino que hemos tenido en cuenta las insinuaciones que ella nos ha proporcionado para guiarnos, podemos abrigar la esperanza de encontrar un paraíso (v. Sal. 47:4).

2. Cómo le encargó Dios cultivar el huerto y custodiarlo. El paraíso mismo no era un lugar exento de trabajo. Nótese aquí: (A) Que ninguno de nosotros ha sido enviado al mundo para ser perezoso. El que nos hizo estos cuerpos y estas almas nos ha dado algo en que tenerlos ocupados; el que nos dio el ser nos dio el quehacer, para servirle a Él y a los hombres de nuestra generación, y para ocuparnos en nuestra salvación. (B) Los empleos seculares son perfectamente compatibles con un estado de inocencia y con una vida de comunión con Dios. (C) La vocación de labrador es una vocación antigua y honorable; se la necesitó incluso en el paraíso. Fue una vocación que le daba al hombre una oportunidad de admirar al Creador. Mientras sus manos estaban ocupadas en los árboles, su corazón podía estar con su Dios. (D) Hay un verdadero placer en el oficio al que Dios nos llama y en el que nos emplea.

III. El mandato que Dios dio al hombre en el estado de inocencia, y el pacto que con él estableció entonces. Hasta ahora habíamos visto a Dios como poderoso Creador y amoroso Bienhechor del hombre; ahora Dios aparece como su Rector y Gobernador.