La sentencia
pronunciada sobre la mujer por su pecado.
I. Es puesta aquí en
un estado de pesadumbre, del cual sólo un detalle se especifica, el de criar
hijos; pero incluye pesar y miedo. Nótese que el pecado trajo pesadumbre al
mundo; si no hubiésemos conocido la culpa, no habríamos conocido el pesar. No
es extraño que se aumenten nuestros dolores cuando se aumentan nuestros
pecados, porque ambos comprenden innumerables clases de males. Los dolores de
procrear y criar hijos se multiplican y si los hijos salen malvados e
insensatos, resultan ser una carga, más que nunca, para aquella que los dio a
luz.
II. Esposas, sed
sumisas a vuestros maridos (Ef. 5:22) Pero la entrada del pecado ha hecho de
este deber un castigo, que de otro modo no habría existido. Si Eva no hubiese
comido del fruto prohibido ni hubiese tentado a su marido a comer también de él
nunca habría podido quejarse de su sujeción por tanto, aunque resulte duro,
nunca debería nadie quejarse de ello, antes bien, lo que debería ser motivo de
queja es el pecado, que puso las cosas así. Aquellas esposas que no sólo desprecian
y desobedecen a sus maridos, sino que hasta se enseñorean de ellos, no
consideran que no solamente están violando una ley divina, sino que están
también oponiéndose a una sentencia divina.
III. Observa aquí
cómo, en esta sentencia, está mezclada la misericordia con la ira. La mujer
tendrá dolores pero los tendrá al dar a luz hijos, y la angustia será olvidada
por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo (Jn. 16:21). La sentencia
no es una maldición como para arruinarla, sino un castigo para llevarla al
arrepentimiento.