Génesis 3:7-8

(continuación del estudio anterior)

III. Las consecuencias inmediatas de la transgresión.

1. La vergüenza los tomó por sorpresa (v. 7).


A) La fuerte convicción bajo la cual cayeron en su propio interior: Fueron abiertos los ojos de ambos. No se trata de los ojos del cuerpo, sino de los de la conciencia; su corazón les hirió por lo que habían hecho. Ahora, cuando ya era demasiado tarde, comprendieron la locura de haber comido del fruto prohibido. Vieron la felicidad de la que habían caído, y la miseria en que se habían precipitado. Vieron en sus miembros una ley que hace guerra contra la ley de su mente. El texto nos dice que conocieron que estaban desnudos, esto es, (a) que estaban desnudados, desposeídos de todos los honores y encantos de su estado paradisíaco. Estaban desarmados; su defensa se había ausentado de ellos. (b) Que estaban avergonzados. Se vieron al descubierto frente al desprecio y la reprensión de los cielos, de la tierra y de su propia conciencia. Nótese aquí, primero, cuánta deshonra y desasosiego comporta el pecado; produce daño dondequiera que se le admite. Segundo, qué engañador es Satanás. Les dijo a nuestros primeros padres, cuando les tentó, que serían abiertos sus ojos; y así lo fueron, pero no como ellos lo habían entendido; fueron abiertos para su vergüenza y pesar.

B) El miserable recurso a que se acogieron para paliar esta convicción, y para defenderse contra ella: Cosieron hojas de higuera (quizá las trenzaron) y, para cubrir, al menos, parte de su mutua confusión se hicieron delantales. Nótese aquí lo que ordinariamente constituye la locura de los que pecan. (a) Que andan más solícitos en salvar su prestigio ante los hombres que en obtener el perdón de Dios. (b) Que las excusas que los hombres inventan para cubrir o atenuar sus pecados, son vanas y frívolas. Como los delantales de hojas de higuera, nunca arreglan el asunto, sino que lo echan a perder; la vergüenza que así se trata de ocultar, resulta más vergonzosa todavía.

2. Inmediatamente después de comer del fruto prohibido se apoderó de ellos el miedo (v. 8). Observa aquí: (A) Cuál fue la causa y ocasión de su miedo: Oyeron la voz de Jehová Dios, que se paseaba en el huerto a la brisa del día. Fue la llegada del Juez lo que les asustó, aun cuando éste se acercó de un modo que sólo podía atemorizar las conciencias culpables. Vino al fresco del día, no por la noche cuando todos los miedos se duplican, ni en lo más cálido del día, pues no vino en el ardor de su furor. Oyeron su voz, y probablemente era una voz suave y apacible como aquel silbo con que manifestó a Elías su presencia. (B) Cuál fue el efecto y la evidencia de su miedo: Se escondieron de la presencia de Jehová Dios-¡qué triste cambio!-. Dios se había convertido para ellos en algo terrorífico, y así no es extraño que ellos se hubiesen convertido en algo terrorífico para ellos mismos. Su propia conciencia les acusaba y ponía ante ellos el pecado en sus propios colores. Sus hojas de higuera les traicionaban y no les prestaban ningún servicio. Sabiéndose culpables, no se atrevían a aguantar un juicio, sino que se escondieron para huir de la justicia. Nótese aquí, (a) la falacia del tentador. Les había prometido que estarían a salvo, y ahora no pueden ni imaginárselo; les había prometido que obtendrían conocimiento, pero ahora se encuentran perdidos y no saben ni dónde esconderse, les había prometido que serían como dioses, grandes, intrépidos y osados, y están como criminales descubiertos. (b) La locura de los pecadores al pensar que es posible o deseable el esconderse de la presencia de Dios. (c) El miedo que acompaña al pecado. Todo ese asombroso miedo a las apariciones de Dios, a las acusaciones de la conciencia, a la cercanía del apuro, a los asaltos de las criaturas inferiores y a ser apresados por la muerte, cosas corrientes entre los hombres, es efecto del pecado.